FRÍO

PABLO GARCÍA-MANCHA

Tengo en la memoria una vieja foto de Esteban Chapresto con dos guardias civiles en el fielato del Puente de Piedra con un manto a sus pies de tres cuartas de nieve. Aquello sí era frío, frío verdadero y seco que se colaba por la bragueta y por debajo de las enaguas; frío berberisco y cabrón con aliento a sabañones, piojo verde y aceite de ricino. Aquellos fríos en blanco y negro hacían tiritar el alma, los dientes se congelaban y se ponían de color de almendra seca y revenida. A veces, pasaba un niño furtivo con sus pantaloncillos cortos y sus piernas de alambre, una boina, una bufanda como una ensaimada y los guantes con los dedillos libres para asir un hatillo con tres o cuatro cosas. No más. Ahora el frío viene amortiguado. Lo pregonan como si se anunciara el final de los tiempos. Sueltan su llegada como si los huracanes de Groenlandia fueran a desatarse entre Navarrate y Sojuela calcinando de hielo cualquier reducto mínimo de vida. Los noticiarios asustan con bajas presiones apocalípticas y nieves en cotas asombrosamente bajas. Tres días con la danza de las presentadoras y la borrasca de Siberia cerniéndose sobre el Valle de Ebro como la nave de 'Independence Day' sombreando Central Park. Da miedo. En ese mismo momento pienso que no hay calzoncillos largos suficientes en el planeta para mitigar el frío polar que comienzo a sentir pensando en los cataclismos que cada invierno nos anuncian los hombres y mujeres del tiempo, las crónicas premonitorias y los avisos de las autoridades. Mientras tanto, los dos guardias civiles de Chapresto siguen apostados sobre la nieve del Puente de Piedra. Ninguno de ellos lleva guantes.

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