Ola de frío

BERNARDO SÁNCHEZ

Somos siempre el resultado de la última glaciación. Apenas una foto congelada, una tras otra. Congelada por un tiempo limitado; quizás limitado a varios milenios, que en principio se nos puede antojar una intemerata, vale, pero limitado al fin. ¿Qué supone, qué es, qué significa, durar unos cuantos milenios? ¡Aaaaaamigo! Sólo lo podemos oler por el arte conservado. En cuanto a nosotros en carne mortal, nos cabe dar cuenta, como mucho, de unos cuantos años, aunque -de no darse del todo mal la cosa- aprovechados medianamente. Ahora mismo hay un evento en marcha, que avanza a velocidad de crucero (de crucero de la White Star Line), y que es un piedro de 5.800 kilómetros cuadrados, 200 metros de grosor y un billón de toneladas de peso, que responde al nombre de Iceberg A68, como la autopista Vasco-Aragonesa. Lo han localizado unos avistadores de icebergs de la Universidad de Swansea (Gales); concretamente de su «Proyecto Midas», que convierte en hielo todo lo que toca. Los galeses le han hecho la ficha y resulta ser un casquete desgajado de la Antártida; para más señas de su segmento Larsen C, que es como haberse desgajado de una película danesa. Ahora mismo, el asunto -visto desde lejos- no nos produce ni frío ni calor, pero da la impresión de que la roca flotante es algo más grande y más fría (de carácter, digo) que una serpiente de verano. Lo cierto es que, a pesar de la ficha de los de Swansea, cuesta todavía ponerle cara (sí, bueno, se le aprecian patas de gallo y un rictus aterido, lo típico de estar jo... de frío) y certificar sus dimensiones al milímetro. Normal: se nos escapa entre los dedos la medida exacta del hielo, que es un material cristalino, resbaladizo y efímero, que enseguida se regala, vaya, sobre todo en cuanto llegue a La Rioja, donde lo que no se remosta, se regala. ¿Con qué cuerpo o superficie sólida puedes comparar las proporciones del agua congelada? Malamente, si no aciertas, cuando te preguntan, ni con los cubitos que quieres en el café con hielo o en el pacharán. Es curioso, pero ahora resulta que casi cualquier cosa, región o campa tiene las proporciones de este iceberg. ¿No será que donde realmente se ha desprendido es de la imaginación, en cuyos confines, como cantaba Lord Byron, el sol se ha extinguido y las estrellas viajan a oscuras, sin luz y sin rumbo en medio de la tierra helada? Porque, a ver -me limito a las comparaciones que se han publicado estos días en la prensa-, el 68 equivale a 580.000 campos de fútbol, a la provincia de Alicante, a 10 veces la ciudad de Madrid (a 9, según Tele-Madrid, que sigue con los recortes), a 4 el DF de México, a 2 Luxemburgos, a 2 Limas, a 60 Parises, a una cuarta parte del país de Gales, a todo Delaware, a todo Santiago de Cuba, a toda Brasilia, a la suma de las provincias de San Marcos y de Quetzaltenango en Guatemala -y aquí ya me pierdo, lo siento-, o a toda La Rioja, que también se ha dicho, y aquí es donde me pierdo del todo. Pero luego lo pienso y me hace gracia: una placa de hielo como La Rioja, con su zona alta (la punta del iceberg, sería, claro), su zona baja y su zona alavesa. Y con sus siete valles, de invierno perpetuo, como los siete reinos de Poniente en. Además, al ojo de buen cubero de los avistadores galeses, podrían llenarse 460 millones de piscinas un vez regalado, lo cual vendría bien para llenar las piscinas de los chalecitos, sin tirar de las menguadas reservas acuíferas. Y con los excedentes, seguro que a Fernando Sáenz se le ocurriría un heladito de iceberg. Con todo, en la flexibilidad de su contorno real y en su deriva, cabe advertir el signo de los tiempos. Realmente, estaríamos hablando del último desprendimiento del pensamiento líquido. Caso de que el A68 a su paso por La Rioja -¡qué ganas tenía de decir un día esta frase!- tocara nuestras costas, no hay de qué preocuparse, pues una dieta adecuada, tipo degustación matea, nos protegería la flora intestinal. Lo digo porque también se ha conocido recientemente qué es lo último que comió 'el hombre de hielo', conocido por el apodo de Özti. Sucedió hace 5.300 años, suficientes años como para haber hecho ya la digestión, ¿verdad? (la media estaba hace unos cincuenta, en dos horas y media); pues no señor. Ahí se le quedó atravesada a Özti -que, por lo demás, era intolerante a la lactosa- una ración de rupestre, aunque otros creen que es cabra, y otros que gamuza, y otros que ciervo. De lo que no hay duda es de que hablamos de un tres microlitos Michelín, por lo menos, porque el menú estaba macerado con cereales y semillas de endrino. Pero todo esto, si por edad o clase social no te ha tocado nunca bajar al portal de tu casa a que 'el del hielo' te diera una barra para meterla en lo alto del frigidaire, pues no te puedes hacer una idea.

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