Una firma inimitable

Una firma  inimitable

BERNARDO SÁNCHEZ

La firma, la rúbrica que más veces he remedado en mi vida, muchísimas más veces que la mía, es la de forges; así, con 'f' minúscula, grande, como unas gafas grandes en vertical, las suyas, pero minúscula. 'f' de forgendro, o de forrenta, o de forgesporáneo, o de forgescedario, o de forgesound. Yo he llenado hojas y hojas de cuadernos con la firma de forges. En horas de aburrimiento o de espera. Mi firma, la mía propia, es una mierda, un garabato, nada, pero la de forges era, es, un dibujo con el contorno, continuidad y gracia de cualquiera de sus personajes. Su firma está delineada con la continuidad del perfil de un blasillo o de un mariano. No sé si ustedes han intentado copiarla alguna vez, pero empiezas a trazar la cola de la 'f', vas subiendo hacia el bucle superior y ya la mano va sola; sin parar desciendes hacia el interior y luego te diriges en diagonal, como una flecha, hacia la 'o', y así hasta la 's' final, que si bien la miras -y sobre todo si la escribes- es una versión de la 'f' inicial; pasando, claro, por las rotondas de la 'r', de la 'g' (con doble anillo) y de la 'e'. Las letras de forges son como escolares, redonditas pero alargadas y un poco apretadas. Es un ovillo de firma. Yo lo he intentado muchas veces, ya digo, recorrer el término forges y de un punto al otro de la firma hasta me cambiaba el humor. A mejor. De eso se trataba. Y de paso volvía a aprender a escribir, porque la vida te deforma la letra. Y rubricando a lo forges volvías a recuperar la caligrafía perdida, y todo lo que se va con la caligrafía cuando la empiezas a perder. Aún con mi dedo índice puedo recorrer sobre la mesa, en cualquier momento, el circuito de la firma forges. Desde el jueves lo vengo practicando. Recuerdo, incluso, haber escrito forges en la arena de la playa, de chaval, cuando empezaba a leerlo, y a escuchar el disco Forgesound, en el que Aute y compañía tradujeron a copla satírica el elenco y temas del dibujante. El caso es que se lo debí dejar a alguien, y ahora mira. En el Forgesound, que salió por el 76, se cantaba lo de «sillón de mis entretelas/ Mis despachito oficial/ Quieren dejarme a dos velas/ a un director general»; o lo de «si no te pilla la ventanilla confesao/ la ventanilla le hace papilla al más pintao»; o lo de «Ay Suiza, patria querida/ Ay, Suiza de mis amores... Ser patriota no es sinónimo de idiota/ yo la bandera la llevo en la billetera». Pura actualidad. La Historia de aquí, como titularía uno de sus volúmenes, que no cesa. O País S. A., como le puso de título a una de las dos películas que llegó a dirigir, cuando se metió en la tira cómica del cine. En su viñeta de este jueves, un mariano de calvicie despeinada y como en equilibrio inestable sobre una línea curva y deprimida, se lamentaba de la flacidez irreparable del año político. 'Flacidez' es la palabra exacta. Sólo se le podía ocurrir a forges. La línea, clara, ascética, como trazada por Saul Steinberg -tan admirado por Mihura o Azcona- en sus viñetas abstractas -toda una caligrafía- para The New Yorker, es el perfecto caligrama del actual estado de cosas. Y el tipo, entre perplejo y asustado, es un ciudadano del bajonazo. Pues nada, hermanos, ahora sí que ha finalizado la transición, que se inscribe entre la 'f' y la 's' de forges. Ése es el arco gráfico, sentimental y político que hemos recorrido, viñeta a viñeta y verso a verso. Yo conocí a Forges en persona una vez, aquí en Logroño. En el 81 sería. Venía con su amigo José María González Sinde, el padre de Ángeles, a presentar la primera película de éste como director. Y pasaron por un programita de cine que yo hacía entonces en Radio Rioja. La película, con guión de Garci, se titulaba Viva la clase media, que trataba de un país que sobrevivía en la clandestinidad y en el madridismo-leninismo a ritmo de la música de Federico Chueca; españoles clandestinos como dibujados por Forges; como aquellos presos que en el calabozo, colgados de los pulgares con las argollas, se las apañaban para rascarse la nariz con el pie. O arrancarse por «¡Carselero, carceleroooooo!». Y me vienen, en fin, a la memoria, dos frases, una de la película, en la que un personaje afirmaba, en tono fatalista, que «seguir contando chistes de Franco no es la solución» y otra de Forges; la frase que, desde las dos Españas de Antonio Machado, mejor nos cuenta, que mejor nos pinta. La dedicatoria con la que comenzaba su volumen Forges 3, de 1974: «A los españoles que trabajan de día y lloran de noche».

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