Finuras, torturas

RICARDO ROMANOS

Hay finuras que ya las vemos como quien ve llover. Caen a gotas con aristocrática delicadeza, tan finas ellas, tan predecibles. Como las de los políticos-presos-presos-políticos señores Rull y Turrull. Porque lo han pasado fatal de la muerte en Estremera. Sin sutilezas, en ese hotelito carcelario madrileño. Como cualquier preso político del franquismo, pero mucho peor porque vivimos en un Estado totalitario que no se pué aguantá. Espeluznante experiencia, dice Rull. Fatal la comida, humillante. Al señor Rull lo torturaron despiadadamente haciéndole ingerir guisotes infectos de primer plato, obligado a mascar para segundo aristas de piedra pómez que sus verdugos entre destempladas risotadas llamaban hamburguesas, provocándose así espantosas llagas en la boca y horrorosas flatulencias. Eso dice. Se me rompió el tenedor, recalca el señor Rull abatido por el pavoroso recuerdo. Y a mí el corazón, de imaginar a un señor tan fino con el tenedor roto, allí, mirándolo horrorizado: ¿qué podía hacer ante tanta soledad y sin trinchante? 32 días ha durado su lóbrego calvario, ese alevoso encierro. Que ya es decir. Pero los crueles suplicios no pararon ahí. Les pusieron a los dos a un vietnamita para jugar al pin-pon durante dos horas diarias: una por la mañana, otra por la tarde. Atroz. No podemos ni imaginar la afrentosa demolición psicológica, la maquiavélica destrucción masiva del ego que sufrieron los dos patriotas catalanes. Y para colmo, los tenían juntos en una celda durante 17 horas diarias. Rull y Turrull, Turrull y Rull, Rull y Turrull. Dando vueltas, rulando sin parar, soportándose mutuamente, ora leemos, ora te cuento un chiste, ora no por favor, ora a mí lo que más me preocupa es la factura que nos van a meter, sí, ya me lo has dicho setenta veces siete, ora parece que te he molestado, ora es que me tienes hasta , y tú no haces más que recordarme los 100.000 del ala que me va a costar esta mierda, ora ¿a que te meto un sirlazo que te enteras?, ¿a que me chivo al Puchi? Y así. Sí, 17 horas seguidas. Sin parar. Bueno, y con decirle a usted que cuando el pobre Rull entró en el maco lo despojaron hasta del anillo matrimonial, que no se lo había quitado pa-ra-na-da desde que se casó... Eso no se le hace ni al peor de los asesinos en serie. Robarle así, a un hombre ya desposeído de todo, la posibilidad de felices evocaciones maritales acariciándolo en su anular... Lloro sangre de pensarlo. Para no agonizar, mataban las horas muertas como podían: labora que te laborarás en un curso de fitness, estudiando idiomas, recibiendo un cursillo de encuadernación. Aterrador: 32 días, recalco. Igualito que mi tío, que cuando salió de la cárcel con 48 kilos tras doce años como prisionero político de Franco, rascaba los tapizados de las sillas para comerse la borra. Un tic adquirido, un hambriento recuerdín. Tal que las pesadillas que ya sufren Rull y Turrul. Por las noches, eran pavorosos para estos héroes los insoportables chirridos de las puertas metálicas de las celdas al cerrarse. Y luego el cerrojazo final, ¡splooonk!, un vibrato infernal. Aquello les ponía nervios e hígados de punta, mucho peor que presentir un decorado de Cuarto Milenio. Y qué dolorosos anhelos de libertad perdida, qué emociones con nudos marineros en las gargantas. Para mayor vejación y tortura, en la tele sólo podían ver y . ¿Información del exterior? Nada. Un aislamiento nazi. Sin leer otra cosa que no fuera, y . Una urdida mortificación y con tres días de retraso. Durísimo, hacerle esto a ellos. Tan sólo las cartas de amigos, familiares y otros millones de indepes como anímico sustento para poder sobrellevar el desolador trance. ¿Y el cuarto de baño para dos, separados los espacios de cada cual por una mísera cortinilla de plástico? Si al menos hubiera sido de ... Otro atentado contra los humanos derechos, vaya otra mani para Bruselas. Pero Jhavé escuchó las plegarias del creyente Junqueras y los dos adalides de la República de Catalonia ya están en libertad. Infatigables, endurecidos por la cruel experiencia, rulan otra vez de mitin en mitin, de radio en radio y de tele en tele contando a quien quiera escucharles la dureza de los hoteles carceleros fascistas y de cómo un nuevo y esplendoroso sol abrirá las puertas celestes de la libertad. Vista tras las gafas , s'il vous plaît, de Rull y Turrull, no sea que el deslumbre los achicharre, mamones.

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