Final de ciclo

La detención de Zaplana certifica que la corrupción hunde la solvencia de los partidos implicados; es lo que hoy respira el PP

La detención de Eduardo Zaplana y de personas próximas a él en su paso por la presidencia de la Generalitat valenciana parece completar el círculo de las investigaciones y procesos por corrupción sobre las dos décadas de poder del PP en esa comunidad. La instrucción abierta interpela de nuevo al partido de Rajoy por la inexplicable sucesión de irregularidades imputadas a tantos de sus dirigentes, por la amplia extensión territorial de tales casos y, en especial, porque la corrupción ha acompañado la gestión popular en las dos comunidades básicas para su poder en España: Valencia y Madrid. Zaplana fue detenido ayer porque la UCO estima que trataba de blanquear más de 10 millones de euros que habría obtenido en comisiones mientras fue presidente. La drástica resolución de la ejecutiva del PP al darle de baja como afiliado acortó ayer los tiempos que Génova se había tomado en casos similares anteriores. Sencillamente porque el Partido Popular ya no puede más. Eduardo Zaplana fue alcalde de Benidorm, presidente de la Comunidad Valenciana, ministro de Aznar y portavoz. Fue el muñidor de la hegemonía popular en esa autonomía. Y, sin embargo, ayer nadie en su partido parecía conocerle. Fue despachado de las filas del PP sin ningún miramiento. Como si de esa manera los populares pudieran deshacerse de las sombras de su pasado, de un presente atenazado y de las incertidumbres que impiden a sus cuadros y dirigentes actuales pensar siquiera en una salida distinta a aferrarse a Rajoy. Hoy el Gobierno se juega la continuidad de la legislatura en la votación de los Presupuestos del Estado del presente año. Lo hace a sabiendas de que si las Cuentas salen adelante será de prestado y que, si se encallan, su prórroga solo serviría para dar paso a un penoso final. Para adentrarse, en todo caso, en un final de ciclo inexorable. Porque, a pesar de la impasibilidad de Rajoy, se está demostrando que, aunque sea a medio plazo, la corrupción política echa abajo la solvencia de los partidos afectados por ella. Sobre todo, cuando se hace evidente que el poder institucional es, a la vez, una meta que se alcanza también gracias a la corrupción como medio para el lucro personal más despreciable.

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