Filosofía del comercio en Santo Domingo

«Una de las lecciones principales que dejó Gustavo Bueno es que la filosofía nunca debe contemporizar y que ha de saberse condenada a contradecir lo que los hombres consideran mejor establecido y fundado, más querido e innegable»

Desde 2004, ininterrumpidamente, todos los meses de julio han sido testigos del curso de filosofía que, fruto del acuerdo entre su Ayuntamiento, la Universidad de La Rioja y la Fundación Gustavo Bueno, ha ocupado durante cinco días y sus cinco noches la ciudad de Santo Domingo, invadiéndola con sus lecciones, debates y polémicas, algunas habidas al amparo de las horas académicas pautadas y en los lugares convenidos; y otras prolongadas por calles y plazas, hasta horas bien altas y para pasmo del peregrino y alegría, sin duda, del hostelero.

Quizá algún lector recuerde que en casi todas sus ediciones el curso se ha dedicado a algún asunto de cariz mundano o al menos de apariencia no estrictamente académica: del deporte, las lecciones y polémicas se han desplazado a la educación, han visitado la guerra y la televisión, han escrutado el haz y el envés de realidades entre las que el incauto no sabría descubrir relación alguna, como puedan ser la corrupción y la música. Este año y este mes, del día 17 al 21 los filósofos hablarán del comercio y harán, en consecuencia, filosofía del comercio.

Y recordarán también no pocos lectores que el año pasado, al poco de finalizar un curso al que ya no pudo asistir, fallecía el maestro que tanto había enseñado a quienes nos reunimos para escucharle o nos retiramos para leerle. Es este el primer curso sin Gustavo Bueno y alguna tinta ha de gastarse al respecto y algo he de decir, si se me permite, aunque no se me oculta que la ocasión merece líneas mejores que estas mías, en estos pocos párrafos sobre el hombre y sobre la obra, o más bien sobre lo que vale un hombre que ha dejado tras de sí una obra y una escuela, una escuela activa, que produce otros artículos y otros libros que siguen su estela.

Porque cabría decir que ese valor del hombre se prueba en la efectividad de su obra, en lo que significará para la sociedad política a la que perteneció y en cuánto de ella pervivirá en los que le siguen, en los que le escuchan con los ojos, atentos a la labor del filósofo, crítico y destructor siempre de lo que de modo inevitable construyen defectuosamente los hombres.

Y esa destrucción virtuosa no podrá dejar nada fuera de su mirada, para la que no hay idea baja o despreciable, según corrige Parménides al joven Sócrates en el diálogo platónico. Ni demasiado baja, ni demasiado alta, cabría añadir, y llegaríamos aquí de algún modo a la razón o a la necesidad de la filosofía y, si se quiere, a la de estos cursos cuyos títulos y cuyo contenido se hallan centrados en cada ocasión en torno a una idea o a una materia que ha adquirido una configuración pregnante que, por así decir, está en boca de todos, que todos creen conocer y dominar, que habita y nutre las ideologías de mayor predicamento y establece nuestros valores.

Porque lo que sucede aquí no será ya que el filósofo descienda a hablar de cosas bajas, como si lo hiciera de una peana o de una nube. Se tratará más bien de que el filósofo deberá defender su derecho a hablar de lo que parece ser objeto de otros profesionales o de otras disciplinas.

Porque lo que hará necesaria a la filosofía es la constatación de que esas disciplinas y esos profesionales, ya se sitúen en un plano técnico o sean activos políticamente, ya se caractericen por su virtuosismo artístico o por el rigor teórico y formal de, pongamos por caso, un estudioso de la microeconomía, serán incapaces de agotar con sus métodos y recursos la referencia de aquellas configuraciones e ideas de las que proceden sus conceptos, los cuales a su vez hacen engrosar aquéllas. Y no se tratará sólo de que el filósofo deberá depurar ciertos aspectos de las ciencias o de otros saberes prácticos; más bien será el caso que deberá comprobar y hacer ver a los demás como aquéllas o éstos no pueden escapar de limitaciones e inconsistencias que ha de poner de manifiesto, no sólo mediante el expediente de su mera ostensión, sino procediendo a su trituración más agresiva.

Diría que una de las lecciones principales que dejó Gustavo Bueno es que la filosofía nunca debe contemporizar y que ha de saberse condenada a la ardua tarea de contradecir lo que los hombres consideran mejor establecido y fundado, más querido e innegable. Y el valor del hombre que nos dejó sus enseñanzas se medirá justamente por el esfuerzo y la responsabilidad de quienes siguen su camino.

Por ahí ha de buscarse la razón de cursos como este de Santo Domingo y del trabajo de discípulos y estudiosos. Y por ahí se encuentra el papel de la filosofía, nunca asistenta de las ciencias, antes debeladora incansable de los ídolos que tanto nos tientan y que tan capaces somos de erigir.

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