La fiesta de los trabajadores

ALONSO CHÁVARRI

Ahora que ha pasado el 1 de Mayo, aunque muchos tengan poco que celebrar, han venido a mi memoria los primeros recuerdos del 1 de Mayo como fiesta de los trabajadores que se remontan a mi época de estudiante, cuando, oficialmente, el 1 de mayo era San José Obrero y se organizaba, en el estadio Santiago Bernabeu, una gran demostración sindical, especie de fiesta en la que había sindicalistas de toda España, de aquel sindicato vertical controlado por el régimen franquista, y en la que predominaban bailes regionales y otras manifestaciones, al estilo de las que se organizaban en los países comunistas -las dictaduras, del signo que sean, se acaban pareciendo demasiado-, para, también, mayor gloria del régimen.

En la universidad comencé a enterarme, allá por los años setenta, con el régimen de Franco en decadencia y con el dictador comenzando su larguísima agonía, de que el 1 de mayo era la fiesta de los trabajadores. Era época de manifestaciones en la Universidad Complutense -única universidad madrileña, aunque ahora pueda parecer insólito-; de carreras delante de la policía, no de enfrentamientos, pues los estudiantes teníamos claro que no había nada que ganar y sí mucho que perder enfrentándose a los famosos 'grises'; de cantar el 'no nos moverán', hasta que llegaban los militarizados de gobernación con su gigantesca manguera y sus porras y, entonces, nos movíamos muy deprisa, por la cuenta que nos tenía. Sí, era época de gritar y correr, pero sólo en la universidad, donde no les importaba demasiado a los cargos de Gobernación, el actual Ministerio del Interior, quizá porque, en buena parte, los estudiantes eran los hijos de los adictos al régimen -que, digan lo que digan, era la mayoría del país, pues la propaganda hacía milagros- y los gritos no solían cruzar el Arco del Triunfo, que unía la universidad con la ciudad de Madrid.

Las manifestaciones del 1 de Mayo eran otra cosa; allí había obreros, también algún estudiante, pero eran minoritarias, apenas unos cientos de personas, y al régimen no le gustaban nada, por lo que la represión era fuerte. Recuerdo a un compañero de residencia estudiantil, delegado de su facultad y, según se decía, miembro del Partido Comunista, y que, después, acabó siendo diplomático, que reclutaba estudiantes para ir a Cibeles, a la manifestación del 1 de Mayo. Solían apuntarse cuatro o cinco, yo nunca, y, tras la manifestación, él volvía siempre sin daños; de los demás, algunos tardaban una semana en volver y, cuando lo hacían, estaban hechos un cromo, de los golpes recibidos, y no solían contar demasiadas cosas de su estancia forzosa en los calabozos de Sol.

Eran tiempos duros, la mayoría era silenciosa y los pocos que no lo eran pagaban un caro peaje. Sobre todo en la fiesta de los trabajadores.

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