FERRAGOSTO

PÍO GARCÍA LOCO POR INCORDIAR

Al quince de agosto los italianos le llaman Es una palabra sonora y ardiente, una palabra de cuarenta grados a la sombra, que habla de sudor y de playas, de cañas fresquitas o de martinis con hielo y aceituna bajo las palmeras. El mundo, a mitad de agosto, adquiere una consistencia casi irreal, como envuelto en esas neblinas de calor que a veces aparecen en el horizonte, y el tiempo avanza lentamente, con pereza: las horas se vuelven pegajosas y los minutos caen uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro, como los granos de arena de un reloj inacabable.

A mí me gusta esa sensación espesa del verano profundo, cuando las tardes se estiran y el aburrimiento acaba engendrando unas siestas monumentales, de las que uno emerge dos o tres horas después, aturdido y sudoroso, como si le hubieran vuelto a parir y descubriese el mundo por primera vez. Quizá por eso trato de huir -y no siempre lo consigo- de la afición moderna por llenar compulsivamente los días, sobre todo si hay hijos revoloteando por las esquinas: conozco padres que, al llegar el verano, se convierten en monitores de tiempo libre o en animadores de hotel y se ven en la obligación de ofrecer a sus críos un programa de actividades apretado y atosigante, que les deje sin resuello. El aburrimiento ha perdido todo su prestigio y ahora nos parece un peligroso e intolerable virus contra el que toda vacuna es bienvenida: la televisión, el móvil, la tablet, los campus deportivos, los campamentos... Yo, sin embargo, quiero reivindicar la pereza y el torpor agosteño, , por decirlo también a la italiana, la maravillosa e insólita sensación de no tener nada que hacer, nada que pensar, nada que desear.

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