Farsa

Lo que está sucediendo en Cataluña no es una revolución sino una peligrosa involución

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Vivimos tiempos de farsa. Tiempos de falsedad y falsarios. Nuestros antepasados se chuparon todas las tragedias y a nosotros nos dejaron los restos. Ellos conocieron guerras, dictaduras, revoluciones, hambrunas, persecuciones, cárceles, masacres. Y nosotros, la farsa. Revoluciones clónicas, capitalismo espectacular, guerras de videojuego, relaciones cibernéticas, políticas en holograma, dígitos estadísticos. Ya lo predijo Marx. La historia siempre llama dos veces. La primera ocurre como tragedia, la segunda se repite como farsa.

La política española se ha vuelto una farsa dialéctica. Estamos reviviendo en Cataluña, a juicio de ciertos cronistas internacionales, los diez días que estremecieron al mundo.La revolución bolchevique de los que no asumen el fracaso de su proyecto exprés y arrastran a los más ingenuos a una batalla perdida contra los fantasmas del pasado, según algunos tertulianos nacionales. El acontecimiento del no referéndum es un espejismo propagandístico de tal calibre que ha confundido a todos con su estrategia delirante. La campaña publicitaria diseñada durante decenios comienza ahora a producir réditos computables. Exige mucho ingenio ideológico limpiarle la caspa oculta bajo la boina al ideario nacionalista y reconvertir la antigualla del catalanismo en mercancía guay para jóvenes desesperados. En Cataluña la farsa adquiere, además, tintes de vodevil rancio. Una derecha burguesa y democristiana se echa en brazos, para cultivar sus vicios, de los proletarios más cachondos del lugar. Estos a su vez, como los discos de vinilo, tienen dos caras y muchas rayaduras. La cara A: una izquierda provinciana, el marxismo de butifarra y barretina. Y la cara B: una multitud de malos lectores de Hardt y Negri.

Tras el rifirrafe de la semana pasada, unos hablan de victoria táctica de la democracia constitucional frente al desafío soberanista y otros del triunfo ético de la ciudadanía frente al autoritarismo estatal. Incluso hay gente despierta en apariencia, tras un sueño de cuatro décadas, denunciando la existencia en España de presos políticos y dictaduras espectrales. Lo más triste es que ni unos ni otros perciben las secuelas políticas del caso. En un mundo donde se permite que imperen los sentimientos, nadie puede imponer el imperio de la ley apelando solo a la fuerza policial. La joven guardia roja del independentismo no se compone de idealistas abducidos por sus líderes mediáticos. El complot contra Cataluña está bien urdido como un juego perverso para reponer la siniestra efigie de Franco en la imagen actual de la marca España.

La farsa es infinita, pero la resaca tras la borrachera lúdica será brutal. Y no habrá nadie al mando para gestionarla con inteligencia. No es una revolución lo que está en marcha en Cataluña, aunque los signos sean engañosos, sino una peligrosa involución en la que España y Europa se juegan mucho más de lo que creen.

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