El fantasma del adoctrinamiento

Ha quedado al descubierto un submundo educativo cuya extensión desconocemos

JUAN CARLOS VILORIA@J_CVILORIA

A estas alturas estábamos persuadidos de que el adoctrinamiento ideológico en los centros de enseñanza era algo del pasado. De los años duros del franquismo en las escuelas públicas, del nacional-socialismo en Alemania después de la república de Weimar o del castrismo en Cuba después del triunfo de la revolución. En cualquier caso entendemos ese mecanismo de introducir en la educación un catálogo de ideas, creencias y formas de falseamiento de la historia, como un sistema educativo propio de sistemas totalitarios dirigido a perpetuar un determinado régimen 'lavando el cerebro' a los alumnos desde su entrada en el circuito educativo. Ahora vuelve con fuerza aquel fantasma en Cataluña y sus satélites en los Paísos Catalans porque el 'procés' ha dejado al descubierto un submundo educativo, cuya extensión ignoramos, en que el nacionalismo no se ha podido resistir a la tentación de meter la mano.

Entre educación y adoctrinamiento hay una diferencia esencial. La educación apuesta por el conocimiento sin valoraciones, ni adjetivos, ni falsificaciones, para que la persona desarrolle su propio juicio y su escala de valores. Y, en un momento determinado, pueda elegir con autonomía entre opciones, ideas, programas, partidos. El adoctrinamiento, por el contrario, está dirigido a inocular en el sujeto una aproximación unívoca de la realidad política y social para que éste solo tenga una opción válida por descarte del resto y se limite, a su vez, a repetir esa información y captar otros adeptos. El resultado en el primer caso es una sociedad libre, crítica y diversa. Y en el segundo aparece una sociedad monocromática y, sobre todo, sectaria. Es la manera de poner la escuela al servicio de un proyecto político, nacional, identitario.

El adoctrinamiento tiene lugar en la escuela pública que en teoría está diseñada precisamente para evitar intromisiones religiosas o partidistas. Para quienes desean adoctrinar a sus hijos ya existen centros que advierten de antemano su ideario religioso, libertario, laico, o centrado en valores republicanos. Un pastel tan goloso como la educación transferida y sin ningún contraste ni inspección, era una oportunidad para el nacionalismo siempre convencido de que «para no perder la identidad hay que empezar por la educación». Esa es la gran coartada. En otro momento habrá que hablar de lo que pasa en el País Vasco. El problema es que mantener la identidad -aparte de la lengua catalana que ya se consiguió su preponderancia con la inmersión- es muy difícil cuando la identidad es compartida a un 99% con el resto de España. Así que en último término mantener la identidad es atacar al otro. Descalificarlo. Convertirlo en enemigo. Despreciar su lengua, su historia. Y el adoctrinamiento se convierte en un arma de destrucción masiva de todo lo que no sea «nosotros».

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