Fanatismo contra el español

El valor de hablar un idioma universal, además del propio, es enorme y si en lugar de uno son dos, mejor todavía

DIEGO CARCEDO

Resulta incomprensible la ceguera de muchos catalanes resistiéndose a que sus hijos estudien y aprendan correctamente a hablar y escribir el castellano. Está bien que defiendan la enseñanza del idioma materno pero que no sean conscientes del problema que siempre supone tener que moverse con un idioma minoritario resulta bastante incomprensible. Lo vemos con frecuencia con los griegos, los serbios, los polacos y los propios chinos que a pesar de tener la lengua más hablada no les permite utilizarla con normalidad fuera de sus fronteras.

El castellano, o español lo mismo da, mal que les pese a algunos resabiados por las ideas separatistas, es uno de los idiomas universales más importantes del mundo junto al inglés, el francés y el portugués. En realidad, el español es el segundo tanto por el número de hablantes, más de quinientos millones, como por su expansión geográfica como por el número de personas en todo el mundo que lo estudian e intentan aprender. Curiosamente y tristemente quizás sea sólo entre los secesionistas catalanes donde se rechaza.

Es triste, sí, que estén saliendo a la mayoría de edad las primeras generaciones de catalanes que no se expresan en español con fluidez y corrección. Y detrás irán surgiendo otras porque la enseñanza de español que han recibido es escasa, no se valora y hasta podría añadirse que por parte de muchos padres, incluso, llega a despreciarse. Las pasiones y los odios son nefastos para todos. Algún día más de uno de estos jóvenes van a tropezar con dificultades ante su deficiencia idiomática y a pasarles factura, cuando menos mental, a los progenitores que se la propiciaron.

El valor de hablar un idioma universal, además del propio, es enorme y si en lugar de uno son dos o tres, mejor todavía. El inglés, convertido en la lengua franca, es fundamental, por supuesto, y añadirle el español tiene, sin duda, un importante valor añadido. Ante el esfuerzo que hacen tantos millones por aprenderlo, no puede por menos de sorprender la ceguera de padres que no se percaten del daño que con sus fobias causan a sus hijos. Pudiendo aprenderlo gratis, sin gran sacrificio.

Este mismo argumento se lo escuché hace ya años a un importante político catalán, de ideología catalanista aunque entonces no independentista, quien confesó abiertamente que él se había visto obligado a contratar un profesor privado para que diese clases particulares de castellano a sus hijos. Oyéndoles hablar había descubierto que su vocabulario era bastante limitado y su ortografía dejaba mucho que desear. No hubiesen pasado las pruebas para unas oposiciones ni para aspirar a puestos internacionales.

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