Facebook no era el futuro

Siempre ha ido por detrás a la hora de desarrollar una autorregulación que garantizase la transparencia

La red social más utilizada del mundo, propiedad de una de las grandes compañías tecnológicas globales, ha dejado de inspirar confianza a muchos de sus usuarios. Su valor se ha despeñado en bolsa y miles de personas se han dado de baja, una tarea nada sencilla. El origen del problema es cómo ha tratado la empresa los millones de datos personales que almacenaba. No solo ha comerciado intensamente con ellos, como hacen tantos otros, sino que ha permitido de forma negligente que se utilizaran por terceros -desde candidatos y consultoras a potencias autoritarias- para influir de forma ilegítima en el resultado de las elecciones de Estados Unidos o en el referéndum del 'brexit'. Más aún, el poder de esta red ha llegado a ser tal que ha adquirido la condición de cuasi-monopolio en algunos mercados de publicidad y ha sustituido de hecho a las autoridades públicas a la hora de decidir el nivel de protección de distintos derechos humanos -libertad de expresión, privacidad, derecho al honor- en las jurisdicciones en las que opera, sin justificar de forma coherente y clara sus criterios.

A diferencia de otros gigantes tecnológicos, Facebook siempre ha ido por detrás a la hora de desarrollar una autorregulación que garantizase la transparencia y la protección de sus usuarios. Los valores del líder permean en las organizaciones que presiden y la personalidad de Mark Zuckerberg ha influido de forma muy negativa en esta manera de actuar. El joven billonario es conocido por su actitud de autosuficiencia, con altas dosis de mesianismo y desprecio hacia lo que ocurre fuera de su burbuja. Hace unos meses en Estados Unidos se especulaba con la posibilidad de que se presentara a las elecciones presidenciales de 2020, siguiendo la senda de Donald Trump, sin experiencia política alguna y financiando su campaña. Zuckerberg hubiera sido vendido como un candidato del futuro, el estandarte de la generación digital, un visionario capaz de utilizar los beneficios de la revolución tecnológica para el progreso de la sociedad. Basta con comprobar su torpe reacción a la crisis de Facebook para comprender que la política norteamericana no se pierde nada sin su candidatura.

El test de un líder es el tamaño de los retos a los que se enfrenta y cómo los afronta. Pues bien, el niño prodigio ha negado los problemas, los ha minimizado, ha anunciado medidas poco contundentes para atajarlos, ha dudado de si testificaría o no ante el Congreso de EE UU y ha anunciado que aceptaría, a lo mejor, que se regulase parte de su negocio. Un ejemplo de manual de cómo no afrontar una crisis de reputación, el intangible del que depende en gran medida la capacidad de hacer cosas. El futuro del sector tecnológico pasa por una redefinición global y justa de las reglas del juego, con una rendición de cuentas proporcional a su capacidad de influencia.

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