Exámenes

CHAPU APAOLAZA

En la carrera me esforcé mucho, sobre todo, en aprobar sin tocar un libro. Confieso que usé todas las estratagemas que tenía a mano para demostrar que podía funcionar la ley del mínimo esfuerzo. Recuerdo que un día acudí a una clase que no era obligatoria. Quedó en mí una sensación reconfortante. El resto del tiempo, navegué las aguas de la carrera arrastrando el ancla de la culpabilidad y el dejarlo todo para después. Se me pasaron hasta las fechas de los exámenes, de los trabajos, de las pácticas. Yo inventé la procrastinación y solo fui superado por El Pata, que tardó 22 años en estudiar arquitectura, aunque en ese tiempo, trabajando para un estudio, rozara un premio nacional. Hay personas que compartieron curso conmigo con las que me encontré después y de las que no recuerdaba ni su rostro. «Estudiamos juntos», me dicen y soy incapaz de ponerles cara. Ir a clase era para mí una pérdida de tiempo solamente comparable a la de ver un partido de fútbol. De modo que el examen siempre tuvo algo de cadalso. Terminé una carrera por suerte y por una habilidad adquirida con los años para estudiar menos de lo imprescindible. En los días del infierno envidiaba a todos los que no fueran estudiantes. Por la calle imaginaba las vidas de los demás, de los camareros, los policías, las dependientas y los de las obras y me hubiera cambiado por los tipos que trabajaban echando asfalto en la carretera. El estudiante no sabe nada de la vida. Después, en casa durante los días previos a los exámenes, acaso en la noche previa, la habitación se llenaba del olor torrefacto del cigarro encendido sobre la incandescencia de la lámpara halógena y el aroma del lápiz recién afilado, que es como entonces olía la angustia. Con los ojos rotos, poco tiempo y mucha cafeína, aquellos días fueron la antesala de los que vendrían en la redacción. La víspera recorríamos las líneas del temario como zahoríes intentando averiguar qué es lo que iba a caer. Recuerdo con tremenda injusticia cuando me tiraron un examen en el que acertamos con las predicciones. Me condenaron por copiar siendo esta vez inocente.

No creo que ningún profesor pasara la mano conmigo irregularmente. Ojalá. Acaso a alguno le resultaría simpático ese tipo que salía por la noche de domingo a domingo, que viajaba por el mundo y que desaparecía desde el domingo de Ramos al lunes de Resaca, cuando llegaba a la facultad moreno y ojeroso como un náufrago de la primavera.

Suspendí suficiente para estar a punto de enfermar a mi madre, pero después aprobé lo suficiente para no matarla. Mi padre, que era un tipo generoso, me dijo que estaba orgulloso de mí, pero no creo que fuera académicamente. Cuando me dejó en las escaleras del colegio mayor, me miró y me dijo Q»Aprovecha, porque nunca llegarás tan alto», y creo que no se refería a las notas. Tampoco estoy orgulloso de haber sido un mal estudiante. No empollar es una de las tonterías sin sentido que he hecho en mi vida. La más grande fue fumar. En realidad, si me escribiera esto a mí mismo hace veinte años me diría que dejara el Lucky, que me sentara a estudiar, que basta ya de hacer el zascandil y de cantar canciones por las aceras de la ciudad de madrugada y que aprovechara la oportunidad que me estaba dando la vida. Pero si entonces me leyera esto a mí mismo, no me haría caso a mí mismo, claro. Quizás ahora que no es estético copiar hubiera hecho las cosas de distinta manera. Lo mismo le sucede a Cifuentes.

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