COMO EVARISTO

CARMEN NEVOT - ARRANCHAR A SON DE MAR

No hay día que Martina no se acuerde de su Evaristo. Aquel novio que un día la dejó plantada a las puertas de la iglesia como el centenario platanero que ve desde su ventana. Lánguido y atontado. Desde entonces se siente como el árbol que hay fuera, tras la ventana. Se ha limitado a lo mismo, a ver pasar la vida, de lejos, sin implicarse demasiado para que no le duela, que con lo de Evaristo ya tuvo más que suficiente.

Se consume y se rebela de puertas para adentro, sin que haya testigos de sus quebraderos de cabeza. El médico le dijo que eran producto de su tensión. Al parecer, la tenía por las nubes y le recetó unas pastillas de por vida, al principio sintió cierta calma, pero con lo de Cataluña no hay pildorita que aplaque su ira.

Minutos antes de que el reloj del salón dé las tres campanadas, sigue todo un ritual. Para entonces ya ha recogido su plato, ha fregado los cacharros y se ha quedado dormida un ratilllo en el sofá, junto a la mesa camilla. Es oír la melodía del Telediario y se pone en tensión, sabe que, salvo catástrofe mayor, Cataluña volverá a abrir los informativos y verá de nuevo el rostro de Puigdemont, el único hombre que como su ex, Evaristo, consigue removerle algo en su interior, aunque sea odio.

No suelta el mando a distancia de la mano y si 'Puchi', como ella le llama, sigue erigiéndose en el president, le da al 'mute', el botón más valioso de su aparato, y se muerde la lengua. Así, día tras día sigue la rutina de un ritual casi religioso, a la espera de que un día, a las tres de la tarde, el Telediario abra como, dice, «tiene que ser», con 'Puchi' sentado en el banquillo contando por qué hizo que Cataluña se resquebrajara.

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