Europa, en la encrucijada

Uno de los problemas más graves quizás sea el desánimo y la frustración que la sociedad siente y empieza a manifestar

DIEGO CARCEDO

Que Europa atraviesa una etapa difícil no es un secreto ni nada que se ignore desde hace bastante tiempo. Realmente desde que se incorporaron apresuradamente al proceso de integración algunos antiguos países comunistas guiados por el interés de las ayudas al desarrollo, pero sin haber adquirido conciencia clara de los objetivos y obligaciones de la Unión, las cosas no han dejado de complicarse. Primero fue la crisis económica que despertó desconfianza y malestar entre los socios y, desde entonces, los problemas y los indicios no dejan de acumularse. La dificultad para que países socios extraditen a unos golpistas como Puigdemont y sus cómplices es bien revelador.

A la actitud díscola de algunos gobiernos, como los de Hungría y Polonia, el 'Brexit' y el crecimiento de los populismos antieuropeístas o euroescépticos se suman nuevos problemas como es el auge contagiable de los secesionismos territoriales, con el catalán como principal instigador, o situaciones políticas complejas como las que estos días atraviesan Italia y España, las tercera y cuarta potencias económicas de la UE. A la burocracia ya conocida de Bruselas se le atascan las complicaciones que imposibilitan que los planes de regeneración del proyecto salgan adelante y la capacidad resolutiva naufrague salvo, si acaso, cuando se trate de cuestiones económicas donde mandan los intereses fácticos.

La sensación que se tiene es de impotencia y, más que de actitud combativa, de simple espíritu de conservación. Mientras tanto, uno de los problemas más graves quizás sea el desánimo y la frustración que la sociedad siente y empieza a manifestar. Es poco menos que inconcebible que haya voces contra el euro, contra los movimientos de personas y mercancías o contra otras ventajas que estas décadas de unión han aportado a unos países que parecían predestinados a vivir siempre en guerra y en la pobreza. Pero existen dentro del ámbito de los Veintisiete. Una buena parte de culpa es sin duda propia, de gobiernos incompetentes o sectarios, de personas mal informadas y de la influencia de los enemigos tradicionales del valor de la unidad. Pero tampoco se puede asumir desde dentro toda la responsabilidad, aunque sí la de la pasividad a la hora de enfrentarla. También hay que recordar que la Unión Europea ha quedado atrapada entre dos enemigos poderosos y decididos a frenarla, a desintegrarla y devolverla a sus orígenes. Donald Trump y Vladimir Putin, cada uno desde un extremo pero partiendo de su ultranacionalismo y de sus intereses, hacen cuanto pueden, que no es poco, para impedir que la iniciativa política más importante de los últimos tiempos salga adelante. Uno jugando con los aranceles y sembrando la confusión y el otro recurriendo incluso a la canallada de las fake news para desestabilizar a los vecinos complican mucho un proceso que en ningún momento se reveló egoísta, sino más bien solidario, y muchos menos beligerante.

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