ESTAR EN EL MAPA

El último editorial dedicado por este periódico a la controversia en torno a la llegada de la alta velocidad ferroviaria a La Rioja iba encabezado por un título rotundo y sugerente: «El tren te pone en el mapa». La cuestión definitiva cuando se proponen debates de tanta trascendencia es decidir si se quiere estar referenciado en la cartografía que muestra el curso de las comunicaciones del futuro en la Europa del siglo XXI o si es mejor bajar el tono de las reivindicaciones, como proponen algunos dirigentes en lo que no se sabe si pretende ser un ejercicio de realismo o de conformismo.

De la medida en que el AVE es capaz de dinamizar la vida social y la economía de las ciudades a las que comunica dan testimonio las experiencias de dos capitales como Gerona o León. La primera ha celebrado esta semana el quinto aniversario de la llegada del primer tren de alta velocidad, el 9 de enero de 2013. Desde entonces, las consultas de visitantes en la oficina de turismo se han triplicado y la ocupación hotelera supera el 90% durante 46 de los 52 fines de semana de cada año. «Definitivamente, el AVE nos ha situado en el mapa», ha asegurado el concejal gerundense Carles Ribas en declaraciones a La Vanguardia.

León disfruta de las ventajas de la alta velocidad ferroviaria desde hace poco más de dos años. Su alcalde, Antonio Silván, está convencido de que el tren se ha confirmado desde aquel momento como un elemento fundamental de desarrollo, transformación y progreso. «Ha supuesto un antes y un después», afirma. «Se percibe tanto en las inversiones como en la creación de empleo». A título de ejemplo, el primer edil leonés referenciaba hace dos semanas a El Norte de Castilla el impulso que ha experimentado el parque tecnológico de la ciudad: de 300 a 950 trabajadores, con una media de edad de 35 años y, en su mayoría, una alta cualificación profesional. «Eso significa futuro», subraya Silván.

De futuro, precisamente de eso, va el debate en el que los principales partidos avivan todavía el fuego de sus discrepancias. De un lado, los emergentes Podemos y Ciudadanos siguen sin ver clara la apuesta. Para la formación morada se descalifica por su carácter «elitista»: los billetes -dicen- son caros y no todo el mundo puede permitirse viajar en alta velocidad. Para los naranja el importe de la inversión no acaba de cerrar el círculo virtuoso de la justificación social. No deja de tener gracia que los únicos que mantienen su discurso a favor son -cosas de la política- los dos partidos que desde el Gobierno de España han podido hacer algo positivo pero, de manera sospechosamente contradictoria, han sido incapaces de establecer un vínculo de coherencia entre sus palabras y la acción.

El caso es que, después de dar más vueltas que una noria, la pretensión de contar con una línea de alta velocidad entre Castejón y Miranda de Ebro, pasando por Logroño, empieza el año recién estrenado en la casilla de salida. Eso es lo que hay tres lustros y un número incontable de promesas después. Retroceder no es necesariamente malo si se hace para tomar impulso, pero tanto marear la perdiz empieza a sonar a cachondeo. Nadie podrá reprochar al ministro de Fomento que, aunque haya tenido que escuchar antes muchas voces de insatisfacción con sus propuestas iniciales, parece haber terminado por interpretar de manera correcta las aspiraciones de la sociedad riojana en materia ferroviaria. Lo principal, sin embargo, no es el anuncio, sino lo que está por venir. Y el tono de despecho con el que Íñigo de la Serna comunicó su última decisión no es lo que se dice tranquilizador. El tiempo dirá si se trata de un compromiso firme o una patada a seguir... y el que venga detrás, que arree.

En el mejor de los casos, pasará bastante más de una década antes de que el primer tren de alta velocidad pueda cruzar La Rioja desde Miranda de Ebro hasta Castejón, o en sentido contrario. Será el momento de verificar si la región sigue en el mapa, como ocurrió cuando se decidió el trazado de la actual línea de ferrocarril, a mediados del siglo XIX, o cuando pudieron verse materializadas otras conquistas que parecían inalcanzables, incluso descabelladas, pero sin las que sería imposible entender La Rioja de este momento de la historia; entre ellas, y de modo fundamental, la obtención del reconocimiento como comunidad autónoma en 1982 o, diez años después, la culminación del proceso que posibilitó el nacimiento de la Universidad de La Rioja.

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