ESTACIONES

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Nos van quitando las viejas estaciones de tren y de autobús y con ellas nos arrancan una parte de nosotros, seguramente nuestros mejores años, porque aquellas rutas que empezaban en sombríos hangares medio derrumbados eran siempre viajes hacia la aventura, a la vida que se nos abría por delante. Te acercabas a la ventanilla desde la que se asomaba la nariz de un empleado, pedías el billete y a veces el tipo te decía que no había sitio, que tocaba esperar al siguiente turno o tomar el viaje que paraba en todos los pueblos; eran contratiempos cotidianos en el mundo del pasado. Luego te alejabas de la pequeña taquilla con el equipaje en una mano y el billete en la otra. Algunos de aquellos pasajes -como los de la Unión Alavesa- eran de cartón, pero otros eran finos como las servilletas de papel de una taberna, y entonces, con mucho cuidado, lo doblabas y lo metías en un bolsillo justo un instante antes de alzar los ojos y dejarte arrastrar por el caudal confuso y desordenado de viajeros, maletas, ruidos y humo de gasoil.

Esas viejas terminales compartían un aire propio que era una mezcla de urgencia y melancolía; entrabas en su espacio y de repente te veías inmerso en una película en blanco y negro en la que en cualquier momento podía sonar la banda sonora de Doctor Zhivago. Ese era el ambiente de las distintas cocheras desperdigadas por Bilbao, o el de la antigua estación de autobuses de Pamplona, un apresurado ir y venir de pasajeros despistados, estudiantes, gentes de los pueblos, extranjeros y familias deambulando por aquella lonja gris; la vida iba a toda prisa y a la vez en cámara lenta.

Los trenes partían de Logroño en calma, dejando atrás el silencio brillante del mármol y la solemnidad trágica de los murales de la estación. Ahora estos lugares desaparecen, dejaremos de ver los autobuses apretujados en las dársenas de Logroño bajo la ropa tendida. Toca viajar desde estaciones pulcras y modernas, acogedoras como salas de espera de hospital. Son sitios perfectos para quedarse poco tiempo, espacios sin alma a los que sólo se llega. Porque para irse eran mejores nuestras viejas estaciones. No había pantallas táctiles ni wifi, sólo despedidas en el aire y sueños en las maletas.

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