Sin esperanzas, ya lo siento

RICARDO ROMANOS

Bueno, ¿qué tal?, ¿cómo le va la vuelta a la inclemente realidad? Hay que ver, cómo es esto. Se pinta uno con el barniz de los buenos sentimientos, se zambulle en un mar risueño, meloso, para poder soportar lo indecible en banquetes y comilonas, se gasta un pastón epifánico en cosas inútiles muy bien envueltas, eso sí, qué monada; se infantiliza como un memo cantando con denuedo memeces de peces en el río, de Rodolfos convertidos en renos, ande o no ande la marimorena, fum, fum, fum, se le acalambran las comisuras de la boca de tanto sonreírle al vacío, soporta estoicamente ¡en su propia casa! a seres insoportables llegados desde los más recónditos confines de la patria para zamparse su pollo relleno, su besugo, su cabrito, cabrones, su corderito, sus percebes, sus propios moluscos de usted, hay que ver el dineral, y sus turrones. Y encima, se le mea en los pantalones, o en ese vestidito tan mono que acaba de estrenar, o sea, mismamente encima, ese niño berreón tan pésimamente educado y nieto, para más inri, del cuñado de su prima de usted. Sí, de ese pedazo de imbécil nacionalista y ultramontano que se ha pasado tooodas las Navidades contando chistes malos, horrorosos, pésimos, malditos, mecagüen tus muertos, cállate de una vez por todas que te voy a sacar los ojos con el cucharón de la sopa. Y todo, para qué, ¿eh?, ¿por qué, por qué? Pues se lo voy a decir a usted: para que hoy, lunes 8 de enero de 2018 y después de tanta y tanta sacrosanta tradición, se encuentre usted tradicionalmente dándose de cabezadas contra una pared y ciscándose en el Gobierno, todo él, pero muy particularmente en el ministro de Hacienda por razones que usted conoce bien; en la ministra de Trabajo (¡no me diga: es usted autónomo!, ¿cómo?, ¿qué está usted jubiladita?, pues no se me queje: vaya subidón de cruz pensionada la de este feliz año tenga usted, pero qué generosa regalía), en su ayuntamiento de usted con sus tasas, gabelas y pontazgos, en las eléctricas, en las gasísticas, en las gasolinerísticas, en las telefonísticas y en el sursum corda, por no hablarle, recordarle a usted, a diputados, senadores, jefes sindicales y demás pontífices, esos facedores de entuertos. Dos puntos: dé ahora cabezaditas contra el muro de las lamentaciones porque el recibo eléctrico, dicen los agoreros, nos subirá entre un 10 y un 12%; el del gas natural ya se nos ha puesto en un 6,2% y alzando; en el butano nos la van a meter doblada con otro 5% a partir del tercer martes de este mismo mes; nos bajarán el IRPF, sí, pero nos van a dar el garrotazo en el IBI, y más cuando nos endilguen la cercana y amenazadora revisión catastral; para los que usan el automóvil, palito de un 1,9 en los peajes porque alguien tiene que acoquinar la quiebra de un montoncillo de autovías. Y aunque cada vez escribamos menos, aunque con más faltas de ortografía, lo postal nos aumenta en un 10%. Las compañías telefónicas no se quedan atrás y nos suben, como Movistar, la óptica, la simétrica, la fibra y la fibra simétrica para emocionarnos un poco más. Total, que los comités de expertos nos dicen que estas cositas nos supondrán entre 70 y 84 eurakos más al mes. No me llore: para el 2022, si las cosas nos siguen yendo tan maravillosamente bien, dice don Mariano que el sueldo mínimo estará, por fin, en los 1.000 ilusionantes euritos, todo un futuro pluscuamperfecto. Sobre todo, si tenemos en cuenta que en 2017 más del 90% de los contratos laborales fueron temporales, precarios, de asquito. Así que, nada, aquí nos quedamos con un palmo de narices. Recordando, eso sí, lo felices que hemos sido estas navidades y lo baratas que nos han salido estas nuevas tradiciones comerciales. Aun así, le deseo a usted lo mejor: que sus cosas y las de sus seres queridos vayan por buen camino. Feliz año. Yo no tengo muchas esperanzas, ya lo siento.

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