La esperanza de Europa

JESÚS SANCHO ROYO

Europa, ámbito unitario sociopolítico y cultural al que España pertenece, se encuentra en un momento crítico. Diversos embates la están cercando por tierra, mar y aire: la crisis, el Brexit, Trump y su autoproteccionismo, las poderosas economías del sudeste asiático, la pobreza. ¿Qué puede oponer Europa a esa avalancha? Ante todo, sus fortalezas históricas y su memoria con las que contrarrestar las salvajes reglas de juego del capitalismo mundial globalizado. La memoria de Europa es larga: la gran guía de la filosofía griega, el derecho romano, el cristianismo, también el judaismo y el islamismo, la Ilustración, la ciencia moderna, la revolución burguesa, la democracia, el capitalismo, los fascismos, el socialismo, el comunismo, el ecologismo, los sistemas sociales de solidaridad y los derechos humanos. Con tales contradictorias señas de identidad de su memoria, Europa podría marcar su territorio ideológico, humanizar las reglas de juego y minimizar las fronteras y las vallas del mundo.

Una síntesis neurálgica de la dialéctica ideológica Europa-Mundo reside en un alemán que negó todo lo que Europa significa: Nietzsche. Porque en Nietzsche culminó y se aniquiló simultáneamente el pensamiento europeo

Nació Friedrich Nietzsche en 1844 en Röcken, Alemania, hijo y nieto de clérigos luteranos, postuló dos fuerzas antagónicas en el cosmos y en la vida: lo (el orden castrante) y lo (el fluir libre, borracho y creativo). Tachó a Europa de apolínea y a sus filósofos y científicos de cínicos. Para él, el cristianismo y sus secuelas, la democracia y el socialismo, eran fracasos y mediocridad colectiva, la moral cristiana un invento de rebaño basada en un Dios enfermizo, y valores como la bondad y la humildad lastres hipócritas. Diagnosticó la muerte de Dios en la conciencia europea y propuso un sustituto del Dios muerto: el un hombre sin cadenas cristianas. El nihilismo de Nietzsche es extremo: da lo mismo que las cosas sucedan de una forma u otra, no hay lo bueno y lo malo, ni premio ni castigo y todo lo guía ciegamente la única gran energía cósmica: la Aceptó la idea oriental del que postula la repetición indefinida de todos los mundos, lo cual eleva hasta el infinito el absurdo de la existencia sin sentido.

Las ideas de Nietzsche han calado en todo el siglo XX europeo. Un ejemplo es la ideología nazi. Nietzsche no fue su fundador pues su filosofía era otra cosa. Personalmente no fue antisemita ni nacionalista alemán y tendía más bien hacia lo mediterráneo. Sin embargo, el régimen nacionalsocialista de Hitler asimiló puntos centrales nietzscheanos como la Voluntad de Poder y la idea del Superhombre identificado con la raza aria. Por otro lado, su hermana, Elisabeth Föster-Nietzsche, antisemita y nacionalista, fue acérrima admiradora del Führer.

Un campo que sintió el bombazo ideológico de Nietzsche fue la teología cristiana. Ésta reaccionó en todos sus frentes. Tres ejemplos: uno, el Concilio Vaticano I (1869), que convalidó un neoescolasticismo tradicional eficaz y claro; dos, la Teología Dialéctica que, desde Bart, delimitó netamente el fenómeno de la fe en Dios; y tres, la Teología Liberal que, a la cadena descendente-nihilista de Nietzsche que hace bajar a Dios desde la suprema idea platónica al Dios-trasto viejo, contrapuso otra ascendente con un Dios renacido, asequible, rezable e invocable ante las injusticias del mundo.

Sin embargo, el mayor problema es el nietzscheanismo mostrenco y postizo que late en la actual sociedad capitalista mundial en forma de todo vale y de ausencia de referencias morales, lo cual conviene para el sistema y sus mercados. Todos estamos atravesados en algún grado por ese nihilismo barato y poco riguroso que ofendería al propio Nietzsche. Le corresponde a la inteligencia europea rescatar de esa fosa podrida al auténtico y feroz Nietzsche, cuya radical dialéctica negación/afirmación nos permitiría de nuevo la esperanza en Europa.

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