El rol de España en la Unión Europea

«Desde Madrid se tiene que considerar que el peso de un país no se mide solo por los habitantes o por el PIB, sino que es un activo muy valorable su capacidad de pensar y de generar propuestas atractivas para todos»

Acomienzos del siglo XXI, Europa significa una multiplicidad de cosas, desde un gran mercado y un estimulante medio competitivo capaces, ambos, de crear prosperidad e innovación tecnológica hasta un modelo de sociedad fundado en los derechos individuales, que ha dado origen a un grado de cohesión social aún no igualado en el mundo, pasando por una gran potencia que puede desempeñar un papel de importancia en la escena mundial y un paradigma del desafío de la moneda única. En esta Europa, España deambula como alma en pena por las instituciones de una UE en la que cada vez pinta menos y en la que no se refleja ni por asomo el peso que debe tener. Así ha sido en el último Consejo Europeo, en el que los dirigentes comunitarios examinaron algunas de las cuestiones más acuciantes que afectan al proyecto (asuntos exteriores, cuestiones sociales, cultura, defensa, educación, migración y el preocupante tema del 'Brexit') y así ocurrió ayer en la Cumbre del Euro en la que se debatió sobre la Unión Económica y Monetaria (UEM) y sobre la Unión Bancaria. En ambos espacios, España estuvo, pero decidió poco. Y así fue porque está prácticamente desaparecida desde hace años del organigrama económico y político de la Unión.

El país empezó a perder peso en las máximas instituciones de la UE a partir de la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero (2008-2011) y la situación continuó en los años siguientes, en buena medida como consecuencia de la frágil posición política en la que la crisis económica dejó a España. Pero a este factor debemos añadir el desinterés, la mala gestión y las limitaciones de quienes nos representan. De ahí el escarnio, rayando la afrenta y la vejación, de la pérdida de influencia en la Comisión Europea, institución que han presidido todos los países grandes de Europa salvo España; de la pérdida de representación en el directorio del BCE en 2012; del mazazo que supuso la fallida candidatura de Luis de Guindos para presidir el Eurogrupo en 2015; y, en última instancia, del escaso número de españoles en las instituciones comunitarias (en torno al 7% cuando tendría que girar en torno al 12%). Todo ello refleja la caída en picado de la influencia de España en la Unión, en parte generada, además de por lo ya citado, por la corrupción y los escándalos domésticos. Claro que también tenemos que recordar que en no pocas ocasiones el fracaso se gana a pulso y que José María Aznar, desde su mayoría absoluta del año 2000, sembró con su insolencia, sus lecciones de economía al resto de socios comunitarios y su cuestionamiento del eje franco-alemán, un resquemor que está pasando factura al país. Recordemos, asimismo, cómo a Zapatero le costaba asistir a las reuniones del Consejo Europeo y cómo se volcó en la pomposa alianza de civilizaciones con Turquía olvidándose de que los intereses de España estaban, y están, en la Unión. Que España se quede sola en numerosas ocasiones también tiene que ver con la incapacidad de nuestros dirigentes a la hora de crear un eje con Italia y Portugal, países con los que comparte intereses. Que países como Portugal, Holanda, Irlanda, Suecia, etc., con un número de votos muy inferior en el Consejo y con muchos menos eurodiputados en el Parlamento, superen claramente a España en número de informes asignados a los eurodiputados para la tramitación parlamentaria de las regulaciones que la Comisión envía al Parlamento es un dato significativo. Que las propuestas de estos y otros países como Polonia se tengan en mayor consideración que las españolas, expresa el valor de la marca España en Europa. Que el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores sitúe a nuestro país, año tras año, en el furgón de cola de la Unión, junto con Grecia y Rumania y muy lejos de los tres grandes, Alemania, Francia e Italia, es hiriente y lacerante a la par que injusto si consideramos el papel líder de España en la Unión en la época de Felipe González (creador del concepto de ciudadanía europea, de los fondos de cohesión, del proceso de Barcelona y forjador de una estrecha relación con Helmut Kohl, François Mitterrand y, en menor medida, con Margaret Thatcher). Claro que era la época en la que el recientemente fallecido Manuel Marín señalaba que «en nuestra integración en la CEE se conjuntaron dos elementos que rara vez se producen en la historia española, los sentimientos de épica y de autoestima colectivas». Claro que los españoles que desembarcaron en Bruselas estaban imbuidos de ilusión, fuerza, empuje y una enérgica y resuelta vocación europea. Claro que desde enero de 1986 los funcionarios españoles se hicieron merecedores de una reputación de personas con dedicación y preparación (los prusianos del Sur). Como podemos comprobar, otros tiempos.

Bruselas tiene una evidente deuda institucional con una España infrarrepresentada en los órganos de decisión de la UE, que debe saldar lo antes posible. En estos momentos en los que el proyecto europeo se resquebraja y en el que hay que trabajar el doble por mantenerlo a flote, España debe asumir el papel que le corresponde. Pero desde Madrid se tiene que considerar que el peso de un país no se mide solo por los habitantes o por el PIB, sino que es un activo muy valorable su capacidad de pensar y de generar propuestas atractivas para todos. Aunque este no sea el caso de la España actual, debemos ser capaces de pensar la idea de Europa y de proteger lo que queda de la UE tras el 'Brexit'. Todo ello, reconociendo y combatiendo las causas del descontento para reavivar de nuevo el ideal europeo. Todo ello, renovando el compromiso de volver a impulsar la Unión, superando egoísmos estatales, eurofobia y populismo. Admitir la existencia del lado oscuro de la globalización y la interdependencia y obrar de forma que proteja de él a los ciudadanos comunitarios podría ser un primer paso importante. Ha llovido ya mucho en las montañas y en las planicies del Viejo Continente como para separar el sueño español del europeo y de ahí que sea importante preguntarse cómo se puede construir Europa desde España.

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