España, la ilustración pendiente

«Nadie puede negar que este país ha pasado de tener una tasa de analfabetismo del 75% en 1870 al 1,7% actual como tampoco se puede negar que aún le queda un largo camino en pos de la Ilustración en su significación más completa»

Si aplicamos a nuestro país la afirmación kantiana de que «somos lo que la educación hace de nosotros» podríamos decir que somos lo que nos queda por llegar a ser. La plenitud de la educación en España es el equivalente de la plenitud como país avanzado, moderno, social y democrático. En estos momentos en que seguimos a la búsqueda de un consenso en educación, un pacto educativo imprescindible para nuestra consolidación como nación europea, conviene mirar al pasado con un doble objetivo. En primer lugar para aceptarlo, perder nuestro miedo atávico, tan injusto como contraproducente, porque nuestra historia, al igual que la de los países de nuestro entorno, también tiene motivos para quererse a sí misma. Aún aceptando que, si como aseguraba el poeta Jaime Gil de Biedma, «De todas las historias de la Historia // sin duda la más triste es la de España, // porque termina mal», nos queda el entusiasmo y la posibilidad de que, esta vez, acabe bien.

En segundo lugar, porque nuestro pasado está lleno de futuro como lo demuestra el recorrido histórico de las diversas propuestas de cambio educativo desde la Ilustración: el espíritu científico de Feijoo, la novedosa metodología de Sarmiento, el impulso administrativo de Campomanes, la reforma universitaria de Olavide, el proyecto integral de Jovellanos, la educación de las mujeres, de Josefa Amar, el racionalismo pedagógico de Cabarrús, la educación para la igualdad de Arroyal, la nueva pedagogía de Picornell, la conciencia instructiva de Blanco White, la armonía vital de Sanz del Río, la emancipación femenina de Arenal, la enseñanza libre de Giner, la regeneración metodológica de Costa, la universalidad punzante de Clarín, la moderna escuela de Ferrer Guardia, las Misiones Pedagógicas de Cossío, la enseñanza emocional de Posada, la moral educativa de Sela, o la europeización intelectual de Jiménez Fraud y tantos otros que no caben en este modesto ensayo pero que figuran en el abierto hueco de la historia.

Afirmar que no hubo Ilustración en España sino ilustrados, está lejos de ser un juicio negativo porque significa que hubo ilustrados a pesar de no haber habido Ilustración, es decir, figuras relevantes que imaginaron otro país y consiguieron empujar el carro de la Historia de España plasmando sus proyectos en hechos: las Sociedades Económicas de Amigos del País, la Institución Libre de Enseñanza, o la Residencia de Estudiantes.

Hubo además un desarrollo legislativo que combinó avances y retrocesos, pero cuyo resultado final, a nuestro juicio, fue netamente positivo porque logró retroalimentarse socialmente. Nadie puede negar que este país ha pasado de tener una tasa de analfabetismo del 75% en 1870 hasta el 1,7% actual como tampoco se puede negar que aún le queda un largo camino en pos de la Ilustración por construir en su significación más completa.

Este es el objetivo del presente ensayo que toma el término «Ilustración» como sinónimo de educación y la palabra «pendiente» en su sentido de futuro con el fin de analizar la imbricación del término en las instituciones, los autores y las leyes a lo largo del periodo que va desde mediados del siglo XVIII hasta la Guerra Civil española.

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