LA ESCAPADA

MANUEL ALCÁNTARA

Una vez más, que no será la última, Puigdemont busca asilo. Ahora ha escogido Bélgica, que es la patria del comisario Maigret, que se inventó Simenon, que fue el Balzac de nuestro tiempo, cuando éramos tan jóvenes que aún no sabíamos que el tiempo no es distancia, sino sentimiento, y que los detectives parsimoniosos les ganan siempre a los malos que se apresuran. La Fiscalía le acusa de rebelión, sedición y malversación. Tres delitos y un solo nombre verdadero: traidor a su patria grande y a la chica. Las medidas judiciales contra el expresident se extienden a su Govern, a la presidenta del Parlament y a varios integrantes de la destartalada mesa que promovió la declaración unilateral de independencia, ignorando que no dependía sólo de ellos, sino de los demás comensales y de los camareros. Ahora, Puigdemont se ha refugiado en Bruselas tras haber sido despojado de sus fantasiosas atribuciones por el artículo 155 y busca el asilo al mismo tiempo que asegura que nunca lo pedirá a los que él llama «bando español». En ese barullo estamos. Es su herencia, mientras él, nunca mejor dicho, se escapa por los pelos.

El sueño loco de los independentistas se ha convertido en una pesadilla para todos, porque la enfermedad es contagiosa. El diputado Lluís Llach habla de un Gobierno catalán en el exilio, mientras que José Manuel Maza pide que todos ellos sean citados con urgencia, a ver si alguno le explica el por qué de la rebelión a bordo en esta barquilla española, entre las olas sola y sin velas desvelada. Ya han aumentado en esa comunidad autónoma a 1.800 compañías las que desean poner tierra y mar por medio y alejarse de su patria chica, que se quiso comer a la grande. Es de suponer que desde Bruselas se ven las cosas de otra manera, sobre todo si se tiene la pierna abrigada, después de meter la pata.

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