UNA VEZ ME ENTRO UN TÍO

PABLO GARCÍA-MANCHA MIRA POR DÓNDE

Una vez me entró un tío. Fue en un bar, después de un concierto. Sólo recuerdo que era muy alto. Se me quedó mirando a los ojos a un centímetro de mis narices; yo apoyé el culo en la barra y me protegí agarrando el gin-tonic colocándolo en mi pecho a la altura del esternón. Me susurró algo al oído y traté de quitármelo colocando mi mano derecha en su hombro. Una amiga, muy guapa por cierto, se dio cuenta de inmediato de lo que pasaba y utilizó sus armas de mujer para disuadir al pesado, que no tardó ni medio minuto en rendirse, pedir disculpas y desaparecer. Me sentí paralizado, pero más por lo extraño de aquella situación (completa e inesperadamente nueva) que por el despliegue cinegético del cazador. Mi amiga me dijo que estaba muy acostumbrada a dispersar moscones, ligones de barra y truhanes de ocasión. Cuento esta historia porque parece que la seducción está bajo sospecha, que cualquier hombre es un violador en potencia y que el nuevo puritanismo, que ha caído a plomo como la nieve en el último temporal, quiere hacer tabla rasa y hasta prohibir la galantería. Me gustan los piropos, si no los frecuento más es por mi falta de ingenio y cobardía y porque hace décadas que ando retirado de las lides amatorias ocasionales. Entiendo que puede haber plastas, inútiles, incapaces; tipos sin gracia, brutos y hasta maleducados, pero de eso a criminalizar por sistema las estrategias del ligue va un mundo. Al día siguiente de aquel inesperado lance esbocé una sonrisa y me sentí hasta halagado por aquel solitario y cansino caballero. Llevar hasta el extremo ridículo situaciones que surgen de nuestra impronta humana va a convertir la sociedad que habitamos en un laberinto sin alma y las mujeres son perfectamente capaces de defender su territorio.

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