La encrucijada

El trance catalán puede verse desde un ángulo pesimista o bien optimista. Lo prudente es el intermedio: la perplejidad

FELIPE BENÍTEZ REYES

El trance catalán puede verse desde un ángulo pesimista (cuando un problema no tiene solución, la solución es el mantenimiento del problema) o bien optimista (cuando un problema se presenta como irresoluble, es señal de que la solución está en marcha). Lo prudente sería situarse en una posición intermedia; es decir, en la perplejidad. En las bulliciosas redes sociales se comprueba que la polarización de los razonamientos populares los hace irreconciliables no sólo entre sí, sino con frecuencia irreconciliables consigo mismos como tales razonamientos: andanadas en las que se destierra el pensamiento en beneficio de la visceralidad no ya sólo acrítica, sino incluso irracional, tanto por una parte como por la otra, hasta el punto de que todo cuanto digas -e incluso lo que no- será utilizado en tu contra, pues cualquier discusión no es ya que se convierta en un monólogo, sino que tiene voluntad innegociable de monólogo: cuando se está convencido de tener la razón, no se discute, sino que se exhibe lo indiscutible.

Tras la espiral de reducciones al absurdo del Govern, tras la torpeza táctica de la orden judicial de retirar las urnas (bastaba con invalidar el resultado, no el instrumental) y tras la inconveniencia de las cargas policiales (la ley es sólida, pero la realidad es líquida), muchos catalanes, confundiendo quizá Estado con gobierno, han optado por la comodidad de los pensamientos elementales: «España nos odia», lo que, de ser así, desbordaría el territorio de la psicología para invadir el de la parapsicología, pero no da la impresión de que estemos en la era de los raciocinios, sino más bien en la de los dogmas improvisados sobre la marcha y a ritmo de tuit. No puede haber épica, en suma, sin antagonistas, así lo sean abstractos, como abstracto es el ensueño de un pueblo oprimido insidiosamente por los fantasmas con armadura de los siglos pretéritos, con la agravante de que los descendientes de esos fantasmas sean sus compatriotas en el presente, cuando no ellos mismos. Por lo demás, según la mentalidad del patriota, el patriotero es siempre el otro, hasta el punto de que, llegado el instante en que las banderas sustituyen al pensamiento, un símbolo de interpretación tan múltiple como difuso se convierte en un contundente emblema arrojadizo. No olvidemos, en fin, que los oligarcas siempre han tenido la habilidad de hacer que las disputas entre oligarcas parezcan disputas entre pueblos.

El conflicto catalán es casi imposible que admita una solución externa, lo que resulta preocupante en una medida asumible. Lo alarmante sería que no tuviese una posibilidad de solución interna, y los síntomas indican que las cosas van por ahí. Porque si das un paso hacia el abismo, es muy raro que acabes en un sitio que no sea el abismo.

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