Emociones que rompen el raciocinio político

«Alejados de épocas en que la sensibilidad era denostada, los sentimientos merecen ser acogidos y acariciados, pero siempre en consonancia con el pensamiento»

Los agentes inmobiliarios saben muy bien que la elección de una vivienda u otra no se rige solamente por los parámetros de nuestras conveniencias sociales o económicas, porque detalles insignificantes (el color de unos azulejos o las vistas desde el dormitorio) pueden inclinar la balanza hacia la aceptación o el rechazo. No hablemos ya de los criterios por los que se elige la pareja, porque entonces nos enfrentaríamos a la necesidad de reconocer los enrevesados mecanismos por los que tomamos una opción entre las muchas que se nos ofrecen: de saberlo, nadie lo confesará nunca, ya que nos haría perder muchos puntos, y hasta es posible que ni siquiera seamos conscientes de las causas más profundas que anidan en la preferencia. Habría que recordar a Blaise Pascal cuando explicaba que «el arte de persuadir consiste tanto en agradar como en convencer, ya que los hombres se gobiernan más por el capricho que por la razón».

Bien lo saben los dirigentes de los partidos políticos. Si lo ignoraran no perderían el tiempo en dilucidar colores y diseños para sus carteles y prestarían más atención a explicar llanamente la ideología que los sustentan. Causa desazón el pensar de qué manera nos dejamos llevar por emociones y sentimientos, cuando no por instintos, a la hora de entregar nuestro voto. Bien está que todo ello ayude al raciocinio, pero no que se convierta en elemento exclusivo de nuestra actuación, porque nunca deberíamos prescindir del análisis serio y contrastado sobre lo que resulta más provechoso para la sociedad. De tal dejación se aprovechan quienes logran infiltrar esos elementos viscerales que pueden ser manejados a golpe de consignas y tópicos, los que no resisten el menor razonamiento.

Por ese camino se llega al populismo, que impulsa comportamientos anómalos en el seno de las democracias europeas consolidadas (por no aludir a los movimientos que se registran en otras zonas geográficas). Lo estudian los profesores Fernando Vallespín y Mariam Bascuñán en un ensayo que acaba de publicarse y del que pueden extraerse reflexiones muy útiles para la comprensión de este fenómeno. Vemos cómo «los lazos emocionales pueden sobre las disquisiciones abstractas: lo 'irracional' sobre lo racional; lo afectivo sobre lo cognitivo; la apelación primaria sobre la argumentación» (Populismos, p. 80). Se presenta como simple e impreciso, pero eso «es lo que le capacita para operar como una 'comunidad de sentimientos'». No es extraño que tome tanto relieve, cuando nos encontramos en una sociedad en la que abundan los que optan por sentir antes que pensar, por no hablar de la negación de la racionalidad en esa entrega desaforada al disfrute inmediato y al consumismo ciego.

Han concurrido además dos circunstancias que potenciaron el malestar que se dejó sentir entre nosotros: la crisis económica y la desconfianza hacia los políticos. La primera repercutió severamente en buena parte de la población, especialmente en los que ya estaban instalados en la pobreza o aquellos que se balanceaban en el 'ir tirando', quienes al faltarles el soporte volvieron a la vulnerabilidad (tampoco ayuda la creencia de que el bienestar por encima de nuestras posibilidades reales es inamovible). La segunda viene de tiempo atrás, pero se acentúa cuando saltan a los medios y a los juzgados múltiples casos de corrupción que se estaban registrando de manera ponzoñosa y continuada. El ciudadano instalado en los recortes percibe como una ofensa gravísima estos delitos, y no le falta razón, pero es injusta la atribución de tales conductas facinerosas a todos los políticos: habría que recordar lo que Max Weber señalaba respecto a los periodistas, que la sociedad les «juzga siempre de acuerdo con el comportamiento de sus miembros moralmente peores».

Aún cabría añadir que las pasiones nacionalistas se suman a lo dicho. Son, al decir del catedrático Aurelio Arteta, las que «enraizadas en un deseo frustrado de reconocimiento, incluirían desde el narcicismo colectivo hasta la melancolía y, en todo caso, el resentimiento proveniente de un orgullo real o imaginariamente herido». Tal vez sean estos sentimientos los que últimamente han estado aleteando con más fuerza en el ambiente político que nos envuelve y de los que desgraciadamente no nos estamos librando nadie, puesto que patriotismo (más bien patriotería), no siempre correctamente sentido y expresado, ha sobrado por todos los lados.

Alejados de épocas en que la sensibilidad era denostada, emociones y sentimientos merecen ser acogidos y acariciados, pero siempre en consonancia con el pensamiento. De no ser así corremos el peligro de que se desborden y nos inunden, hasta lamentar que de aquellos polvos se hayan derivado estos lodos.

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