La elegancia

JULIO ARMAS

Estaba el otro día ojeando nuestro periódico cuando la vi. Era una fotografía. En ella, y entretenidas en animada charla, se encontraban las dos alcaldesas más importantes de España: la Excelentísima Señora Doña Manuela Carmena Castrillo y la Excelentísima Señora Doña Inmaculada Colau Ballano, edilas respectivamente de Madrid y Barcelona.

No puedo saber de qué hablaban, pero allí estaban las dos, la una junto a la otra, una vez más délicieuse et inopportunement habillées, que diría mi buen amigo Bernard (deliciosas e inoportunamente vestidas). Mirando su imagen se me ocurrió escribir algo sobre la elegancia.

Lo primero de todo, y para dar a estas líneas la inevitable pincelada cultural, he de decir un par de cosas: la primera es que la palabra elegancia deriva del latín eligere, que significa elegir, y la segunda que, según nuestra Real Academia, la voz elegante define a aquello que tiene distinción, gracia y donaire. Siendo esto así espero que ya irán adivinando por qué me vino a la cabeza hablarles de elegancia al contemplar la foto de esas alcaldesas.

Distinción, gracia, donaire. Estamos viviendo una época estrafalaria y ridícula en la que una falacia general flota en el ambiente. La elegancia en el vestir y la elegancia en el comportamiento (la buena educación), empiezan ya a considerarse como algo rancio y antediluviano.

No olvidemos que todos somos por dentro como somos por fuera. El guarda es como tiene el chozo, dicen en Extremadura y razón llevan. A ser correctos en el vestir y en nuestro comportamiento nos obliga el respeto que hemos de tener hacia los demás.

Sé que muchos, buscándole la quinta pata al gato, dirán que de todas a todas es preferible encontrarse con una persona poco elegante pero honrada que con un Petronio sinvergüenza. Yo también lo digo, pero resulta que no es de eso de lo que les estoy hablando. Todos preferimos un kilo de jamón del bueno antes que medio de jamón del malo. De lo que les estoy hablando es de la obligación que todos tenemos de, con nuestro comportamiento, ir suavizando los lógicos roces que nuestra obligada convivencia produce. Aunque lo parezca, hoy no vale todo. Guardar las formas sigue siendo fundamental para mantener entre nosotros el justo punto de convivencia.

Sinceramente, ¿ustedes encuentran normal que el señor Iglesias (y ustedes disculpen esta forma tan fea de señalar) visite a nuestro monarca en mangas de camisa y alquile el smoking para asistir a una entrega de premios?

Doña Manuela, doña Inmaculada, ustedes son las alcaldesas de Madrid y Barcelona. ¿Saben lo que eso les supone? ¿Saben el respeto que por eso les deben ustedes a catalanes y madrileños? «Todo es negociable menos el protocolo», le dijo Tarradellas a Suárez cuando estaban negociando el restablecimiento de la Generalidad. Razón llevaba.

Y hablando de Tarradellas déjenme que les cuente una anécdota, de las muchas que sucedieron en aquellos años de nuestra ejemplar transición y que algo tiene que ver con esto que les estoy contando. En una ocasión, siendo ya Tarradellas molt honorable president de la Generalitat, fue a visitarle el padre Xirinacs, aquel sacerdote, filósofo y senador, de ideología independentista. Y ocurrió que el bueno de mosen Xirinacs apareció en el despacho del molt honorable ataviado con una camisa de cuadros, pantalón de pana y calzando espardeñas (alpargatas). ¿Y saben qué fue lo que el señor Tarradellas le dijo al senador independentista al verlo aparecer de esa guisa?, pues le dijo: «Qué, mosén... se va de excursión al campo, ¿eh? Pues cuando regrese venga a verme».

Llevaba razón el president: Todo es negociable menos el protocolo. Y por eso, y antes de terminar, he de confesarles que al ver esa foto de las dos alcaldesas tan inadecuadamente vestidas, me vino a cabeza el preguntarles: «Qué, alcaldesas... de excusión al campo, ¿eh?»

Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

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