El día del doble orgullo

PIEDAD VALVERDE

No sé si habré vivido ya el día más feliz de mi existencia o me espera aún agazapado en algún almanaque secreto. Lo mismo ocurrirá con el más triste, ojalá lo haya vivido ya pero imagino que no. Lo cierto es que la vida está llena de fechas que pasan sin pena ni gloria y que, para rescatar una de ellas del anodino transcurrir tiene que ocurrir algo muy malo o muy bueno. Además cada persona tiene una vara propia e intransferible de medir la felicidad. Confieso que en eso, yo al menos, soy muy poco original así que si tengo que elegir me quedo con el nacimiento de mis dos hijas. Hay momentos en los que no percibes el caudal de dicha que llevan hasta que no pasa un tiempo.

Una situación de este tipo la he vivido hace muy poco con mi hija Vera. Tiene treinta años y lleva dos trabajando de profesora orientadora en la enseñanza pública. Como es interina no tiene residencia fija, así que el último día de trabajo fui a ayudarla con la mudanza y aunque ya había recogido todas sus pertenencias en el centro se dio cuenta de que no había devuelto las llaves del despacho y me envió a dejárselas a sus compañeros docentes. Entré al claustro de profesores y les expliqué que era la madre de Vera y a lo que venía. Entonces los presentes se volvieron hacía a mí y no puedo reproducir sus palabras pero sí la expresión de sus caras. Comenzaron a elogiar su trabajo y todos coincidían en su deseo de que volviera el próximo curso porque era una profesional y una persona extraordinaria. Me di cuenta de que ya conocía a esa gente aunque nunca los hubiera visto porque Vera me había ido contando sus aventuras cotidianas con gran entusiasmo. Su campaña contra el acoso escolar empapelando el centro de eslóganes o el concurso de poesía en el paso de peatones que aún podía leerse a la entrada al centro. Su padre, su hermana y yo conocemos al dedillo los relatos de su militancia en la educación pública, porque es alguien tan entusiasta y tan apasionada que no va al trabajo sino a las trincheras...

Además te contagia rápidamente su energía, por lo que no me fue difícil reconocer al director por su sonrisa abierta y sus gafas de pasta, a la de Historia por su camiseta heavy o a la de Lengua por el acento aragonés cerrado...

No sabemos qué aventuras le esperan el año que viene porque, como les cuento, es profesora interina y su destino es un misterio, pero a ella eso le preocupa poco porque le encanta su profesión, especialmente la parte de ayudar y asesorar a los alumnos y sus familias. Valora además las condiciones laborales dignas ya que desde bien joven ha trabajado en mil oficios: camarera, pescadera, teleoperadora, dependienta, becaria...

Y todo esto me ha venido a la mente al leer en la prensa que el niño mayor de los Bechkam ha publicado su primer libro de fotografía con 18 años en una prestigiosa editorial. Y que sus progenitores estaban muy orgullosos de ello. Lo entiendo, todos los padres del mundo nos derretimos con los pinitos de nuestros retoños e incluso no dudo del talento del artista debutante, pero en mi caso mi orgullo es doble. Porque tanto ella como su hermana lo van consiguiendo todo con su esfuerzo y su talento. Ya que las dos tienen que lidiar diariamente con los recortes en la educación, la precariedad en el empleo y la falta de oportunidades para los jóvenes. Pero, como les digo, mi orgullo es doble porque ellas, como los hijos de los españolitos de a pie y de muchos de ustedes no pertenecen a ese ejercito tan numeroso de enchufados y recomendados. Que, dicho sea de paso, sigue siendo frecuente en nuestro país.

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