Disquisiciones sobre la felicidad

FÉLIX CARIÑANOS

De vez en cuando, en este camino tan sugestivo que es la vida, salta la chispa de algún titular que por su luz singular nos llama la atención. A mí me ha sorprendido el que recientemente he podido leer o escuchar que en los últimos diez años los hogares unipersonales en España han llegado a alcanzar la cuarta parte de la sociedad, y siguen avanzando inasequibles al desaliento. No sé a usted, pero a mí se me antoja que el dato demuestra que esta es una nación maravillosamente dotada de héroes.

Vivir solo en casa me parece dificilísimo, propio únicamente de Dios. Del Dios de por aquí, claro está, el que me enseñaron de crío, no -por ejemplo- de las divinidades griegas, que se pasaron varios siglos en un botellón permanente en sus chalés del Olimpo sin que la oposición les presentara la más mínima moción de censura. Comprendo que es maravilloso permanecer en el sofá ratos y ratos leyendo tus libros favoritos, pero alguna vez habrás de caer fatigado de tanto aproximarte a Borges. Divino de la muerte ha de ser escuchar a Vivaldi, mas todo tiene sus límites; algún día estallarás, como estalló tu abuelo el día que se acercó a una moza recia, logrando dichosos meses después alumbrar una estirpe de la que proviene usted, hombre o mujer solitarios. Yo, desde luego, sería incapaz. Y opino lo mismo acerca de quienes se lanzan al mundo, lejos de su primer hogar, a trabajar o a conocer nuevas tierras y habitan solos en una casita de barrio, habitación de alquiler o nido de cigüeña, que de todo se dará.

Conste que predico con el ejemplo. Yo también pertenecí a esa pléyade de soñadores que deambulaban desolados cual cazadores entre los hielos de Alaska o el bandido Fendetestas de Alfredo Landa en el bosque que él animaba, hasta que descubrí la compañía que me completaba. El cambio ha sido un avance; antes era feliz, mas ahora lo soy más. Con todo, he de admitir que esa cifra del inicio, el 25%, me preocupa bastante porque puede ocurrir que muchos de estos seres semejantes a un servidor habitan así porque son mayores o han tenido una experiencia muy negativa o se pegan la vida padre, vaya usted a saber.

Así que voy a moderar mi opinión y a dejar las cosas como están. Ello parirá, que decían antes los longevos de mi pueblo. Bien mirado, también me he informado de que tanto las depresiones como las visitas a centros hospitalarios se reparten más o menos por igual en toda clase de hogares. Por lo tanto, tranquilidad, a repartirnos lo mejor posible el jamón de la vida ante tanta villanía y suerte a todos. Continúe usted con Borges y Vivaldi. Por algo cantaba la jota antigua con estupenda filosofía: «En las orillas del Ebro / están poniendo un cartel: / '¡Vivan los que son riojanos / y los que no son, también!'».

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