A LOS DINOSAURIOS

PÍO GARCÍA

Sobre mi mesa hay varios periódicos revueltos, aplastaditos, como recién planchados. Huelen a papel y a tinta. Son periódicos de domingo, gordos y promisorios, con su cohorte de suplementos y revistillas. Si hemos de creer a los agoreros, son animales moribundos, dinosaurios despistados que no saben que ya cayó el meteorito. La gente se mete en Internet y ahí, en ese universo aséptico e inodoro, pero divertido, encuentra todo lo desea (pero solo lo que desea) y además puede insultar salvajemente a sus enemigos y jalear sin medida a sus amigos.

No llevaré la contraria a quienes han sentenciado ya la muerte de los periódicos en papel, quizá tengan razón. Solo diré que yo los sigo encontrando fascinantes, tecnológicamente insuperables: libros de más de cien páginas, portátiles y plegables, que nacen con el alba y mueren, ya arrugaditos, al caer la noche, como esos insectos de vida efímera que agonizan apenas han alcanzado la madurez. Los periódicos fracasan cada día al tratar de ordenar, resumir y explicar la complejidad del mundo, pero hay algo necesario, insustituible, casi heroico, en ese fracaso cotidiano.

Cada uno cojea de su propio pie -o de varios- y con frecuencia me irritan, aunque en todos suelo encontrar algo que justifique su ridículo precio: un reportaje insólito, una columna bien escrita, un análisis razonado que contradice mis opiniones. Me gusta incluso que no haya posibilidad alguna de interacción: así las discusiones se vuelven íntimas, silenciosas, forzosamente introspectivas, alejadas del griterío compulsivo de la red, de su narcisismo adolescente y de la necesidad apremiante de sustituir cualquier reflexión por un emoticono.

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