Los dilemas de Japón

El país se plantea su relación con Estados Unidos, con la amenaza norcoreana y con China

A principios de junio Donald Trump y Kim Jong-un celebrarán una cumbre que podría tener profundas consecuencias para la seguridad mundial y afectar en especial a países como Japón. Entre las cultivadas élites de la tercera economía del mundo hay un debate en marcha sobre los fundamentos de su política exterior proamericana y la mejor manera de hacer frente a la amenaza norcoreana, así como sobre su relación con China. Son tres dilemas sin resolver. En el fondo, advierte Michael Auslin, es una repetición de la reflexión con la que Japón entró en la modernidad hace ciento cincuenta años con la revolución Meiji. Ya entonces la necesidad de frenar a potencias belicosas era un tema central.

A Japón le gustaría estar sentado en la mesa de negociación desde la que Trump y Kim pueden sorprender al mundo con algún tipo de acuerdo. En los dos últimos años, los japoneses han sufrido viendo cómo el dictador norcoreano tiraba más de 40 misiles como parte de diferentes ensayos. Temen que el objetivo de desmantelar la potencia nuclear de su enemigo histórico no sea ya el de Estados Unidos. Estiman que con Trump, el presidente más impredecible que ha llegado a la Casa Blanca, puede pasar cualquier cosa. Se preguntan si se pueden seguir fiando de Estados Unidos o, por el contrario, deberían desarrollar una política exterior más autónoma, flexible y agresiva, capaz tanto de confrontar como de co-existir.

El otro gran dilema es por supuesto China. Hoy la economía del gigante es dos veces y medio más grande que la suya, ralentizada por veinticinco años sin crecimiento significativo. Japón, además, no ha abordado su problema demográfico, que amenaza la sostenibilidad de su Estado del bienestar, un conjunto de políticas poco frecuentes en la región. Tras las tensiones marítimas de estos últimos años con China, la diplomacia de Japón se interroga sobre si no sería mejor jugar la baza de la oportunidad económica e incluso incorporar a la superpotencia al acuerdo Transpacífico de comercio e inversiones que Trump ha despreciado. El objetivo sería aportar estabilidad al ascenso chino, para que fuera de verdad pacífico, además de trabajar junto a su antiguo referente cultural en poner coto a Corea del Norte. Pero China muestra un cierto desdén hacia el Gobierno de Tokyo, por otro lado partidario de que Trump meta en cintura a una China que presume de defensora del libre comercio (no en vano le beneficia más que a nadie) aunque no sigue muchas de sus reglas. Todo ello siempre que Trump limite los daños y, por ejemplo, no acabe creando una crisis con Taiwan. Europa aún no ha elaborado un pensamiento estratégico y unificado sobre Asia, pero ha dado el paso de firmar un acuerdo de libre comercio con Japón y acercarse más a un aliado con el que comparte su modelo de democracia liberal y valores básicos.

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