Dignidad

MARÍA ANTONIA SAN FELIPE

Vivimos en un tiempo en el que nada es lo que parece. Se vive de apariencias, del postureo y lo políticamente correcto pero en privado en cuanto no hay ojos que puedan observar aflora la verdad, la cruda verdad. La igualdad real entre hombres y mujeres no existe, ni siquiera en el ámbito europeo, y la violencia es tan cotidiana como el sol cada mañana. Lo que ha ocurrido con la víctima de y el intento grosero de culpabilizarla ha sido una patada en nuestras conciencias. En vísperas del Día contra la Violencia de Género tanta indignidad no debiera pasar desapercibida para nadie. Recordemos los tiempos duros de ETA, aquello de «algo habrá hecho» para ser señalado. Ahora resulta vomitivo pero algunos lo aceptaron durante años como justificación de lo intolerable. Es lo mismo. Quizás la falda era corta, vestía como una puta, quizás le apetecía pero hubo que insistirle, era una mala madre o la muy puta me quería dejar. Con estas excusas nos matan y nos violan. Hay una violencia explícita que nos enerva de inmediato pero hay mucha violencia soterrada y sutil, mucho día a día insoportable que no vemos. La banalización del dolor no va a aliviar las secuelas psicológicas de la víctima de . No ampararla también es violencia.

Seamos sinceros, en esta sociedad mentirosa y discriminatoria se habla de la igualdad de las mujeres en público pero cuando algunos hablan en círculos de confianza en seguida se nos envía a fregar los platos. Lo que le ha ocurrido a la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, es otro episodio, no tan grave, pero indicativo de qué poco han cambiado algunas cosas que creíamos superadas. En ese chat en el que participan unos cien policías locales madrileños, funcionarios públicos que simbolizan la autoridad y portan armas, se han permitido lanzar todo tipo de insultos contra Carmena. Si fueran críticas a su actuación política, divergencias con su concepción de la seguridad pública, no habría nada que objetar, pero se trata de proclamas fascistas, racistas, elogios a Hitler, odio concentrado e insultos inequívocamente machistas. Es todo ello una concentración ideológica explosiva.

Es sabido que Carmena sobrevivió a un atentado de la ultraderecha en 1977 en el que cinco de sus compañeros abogados fueron asesinados. Estos policías, con más odio que cerebro, le dedican frases escalofriantes: «Lo que es terrible es que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros», «qué vejestorio más despreciable», «que se muera la zorra vieja ya», «hija de la grandísima puta roja de mierda mal parida». Ya ven, además de roja como insulto ideológico, las palabras son «puta» (su madre), «zorra» y «vieja» (ella), palabras todas de desprecio a su condición de mujer y con contenido sexual peyorativo inequívoco. Al viejo se le respeta, simboliza la sabiduría, pero las viejas ya no sirven ni para el placer por eso se les desea que mueran y, en este caso, sufriendo.

Siento una enorme solidaridad con Carmena. En 1983, a los 26 años me eligieron alcaldesa de Calahorra, comprobé entonces que algunos veteranos de la policía me veían con recelo (qué sabía yo de seguridad, decían, si ni siquiera había hecho la mili). Lo dejo ahí, no precisaré más detalles, pero desde lo alto de la pirámide del mando policial sentí el machismo cotidiano. Las insinuaciones y bulos insultantes de las malas lenguas eran habituales y, como muchas otras mujeres, me inmunicé. Siempre creí, y creo todavía, que la democracia cambiaría las mentalidades. Por eso los comentarios de estos policías hijos de la democracia me asustan porque huelen a fracaso. La lucha por nuestros derechos, como por el resto de derechos sociales, continúa. No podemos volver al siglo XIX. No olvidéis que las palabras «puta» y «zorra» no manchan nuestra dignidad sino la de quienes las pronuncian. Por las innumerables víctimas, por nuestra dignidad: ¡Ni un paso atrás!

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