Después de 43 años en la sanidad pública

«Tengo que dar las gracias a mis enfermos. Ellos han sido el objeto de mi trabajo. Si los médicos me han enseñado lo que sé de medicina, ellos me han enseñado la vida. Y nadie sabe lo que se puede aprender en una consulta»

Lo más importante de mi vida ha sido mi hijo. En segundo lugar, mi trabajo. Detrás van mis familiares cercanos y mis grandes amigos. Ahora, después de 43 años trabajando en la sanidad pública, ha llegado el día de jubilarme. En este momento quiero dar las gracias, en primer lugar, a mis padres, por el sacrificio que hicieron para que yo pudiese sacar adelante mis estudios. Y en segundo lugar, a mis compañeros médicos. Todo lo que sé se lo debo a ellos. Y además de enseñarme, les he consultado mil veces sobre los enfermos que me preocupaban mucho.

Actualmente, el médico está considerado muy por debajo de lo debido. Pero al final, no hay más que mirar quién diagnostica, quién pone el tratamiento, quién opera o quién firma las pruebas. La medicina ha evolucionado mucho, pero siempre su pilar ha sido el médico. A nivel personal, es imposible hacer un balance mejor: desde la médica de mis padres a un ginecólogo que salvó la vida de mi hijo: es el mayor favor que me han hecho en mi vida.

Pero entendámonos bien: en la sanidad, casi todos los trabajadores son necesarios y muchos, imprescindibles. Entre todos, las enfermeras. A muchas les tengo, además de cariño, verdadera admiración. Yo también fui enfermera antes que médico.

Y por fin, evidentemente, les tengo que dar las gracias a mis enfermos. Ellos han sido el objeto de mi trabajo. Si los médicos me han enseñado lo que sé de medicina, ellos me han enseñado la vida. Y nadie sabe lo que se puede aprender en una consulta.

Una vez que di limosna a un hombre, cerró la mano y me dijo: «Que Dios se lo multiplique». Y me lo ha multiplicado. Porque yo, en estos 43 años, solo he tenido un corazón para ofrecer y a mí me han dado miles y miles de corazones. Pero ahora lo que me da es mucha pena.

Dicen que con los años los médicos se acostumbran al dolor de la gente. No es cierto. Yo cada vez lo siento más. Muchas veces me he reído junto a algún paciente. ¿Llorar? La última vez, cuando vi muerto a Ricardo. ¿Sentir? Todos los días.

Una crítica. Porque no todo es perfecto. Porque en esta sanidad se dan los dos extremos: médicos muy buenos científica y humanamente y, en el otro extremo, profesionales pobres como médicos y como personas. Sé que esto también ocurre en otros trabajadores de la salud, pero al tener más repercusión el trabajo del médico, el daño que provocas es mayor.

Pero hoy no escribo para criticar, escribo para despedirme.

Y también me quiero hacer autocrítica. Me hubiera gustado ser como esos médicos que admiro, pero... ¡cuántas veces me he arrepentido de cómo me he comportado con mis enfermos! Me consuelo diciéndome que si con mi hijo, que es lo que más quiero, me he equivocado muchas veces, cómo no iba a hacerlo con los demás.

¿Y el sueldo? No me quejo. Desde luego, en esta empresa hay personas que deberían cobrar mucho menos que yo. Pero también hay muchas que debieran ganar bastante más. Hay médicos que hacen trabajos muy especiales en los que emplean mucho tiempo y mucha ciencia. Pero, al fin y al cabo, como me decía Joaquín Yangüela, «¡qué suerte tenemos, Nati, hacemos lo que nos gusta y encima nos pagan!».

Encuentro motivos para el orgullo en mi carrera profesional. He vivido la epidemia del SIDA. Nadie desde la Administración nos dijo cómo hacerlo. Sólo unos compañeros del Hospital. Pero el trabajo salió y creo que bastante bien. He sufrido la epidemia de la heroína, los drogadictos. Nos robaban lo que podían, nos amenazaban hasta de muerte. No tuvimos ayuda, pero lo sacamos adelante. Me he encontrado con la avalancha del alzhéimer, con la demencia. Aquí hemos colaborado todos: desde los especialistas (neurólogos ante todo), a las enfermeras: ¡cuántas y qué horrorosas úlceras han curado, a cuántas casas han ido, con cuántas personas han tenido que hablar! Y en esto han sido también fundamentales las trabajadoras sociales. Y desde hace unos años, las oleadas de emigrantes. Pensábamos que nos iban a dar un programa sobre las enfermedades que podían tener o que podían contagiar, pero tampoco la Administración nos dio nada. Pero creo que se ha funcionado bien. Y es que en estos grandes problemas, nuestro sistema de salud ha funcionado a pesar de los dirigentes.

Ese ha sido uno de los pocos motivos de amargura que me ha dado la profesión. En 43 años ha trabajado con muchas de administraciones. En la dirección de la sanidad pública ha habido y hay personas honradas y que creen en esta sanidad más que yo. Pero han sido y son los menos. Si el trabajo ha salido adelante, y además ha salido bien, lo ha sido a costa de los trabajadores. Porque dos son los cánceres de la salud pública: la mala gestión y los negocios sucios con la privatización.

Pese a todo, tengo que decir que después de 43 años trabajando en la sanidad pública no me cambio por nadie. Hasta siempre.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos