EL DÍA DESPUÉS

LUIS J. RUIZ - DAÑOS COLATERALES

Mañana es 8 de marzo. A estas alturas todos sabemos (o, al menos, deberíamos saberlo) que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Las mujeres volverán a ser más protagonistas que nunca: los medios volverán (volveremos) a fijarnos en las cuestiones de género y les cederemos a ellas la voz y el protagonismo; los políticos desempolvarán rancias promesas que pivotarán sobre antiquísimas fórmulas para acabar con las tremendas e injustas desigualdades (laborales, sociales, económicas...) que sufren muchas (demasiadas) mujeres; el presidente del gobierno será capaz de contestar algo más que un lacónico 'No nos metamos ahora en eso' si le preguntan por la desigualdad salarial entre hombres y mujeres; e incluso (aunque esto igual es más complicado) el obispo de San Sebastián conseguirá tejer un argumento coherente sobre el feminismo sin recurrir a Satán y demonios varios.

Todos los mensajes, todas las iniciativas, todas las huelgas, todas las manifestaciones continúan siendo necesarias. Algo inaudito en pleno siglo XXI, pero esa es la triste realidad.

Pasado mañana será 9 de marzo. No será el Día Internacional de la Mujer y probablemente la rutina volverá a invadirnos a todos. Los grandes lemas quedarán en agua de borrajas, las promesas se las llevará el viento, las mujeres regresarán a sus puestos de trabajo con sus contratos precarios, con una remuneración que sí entiende de sexo... El 8 de marzo es importante, sí, pero lo es tanto como el 9, el 10, el 11; o el 23 de junio; o el 14 de septiembre... Tiene que haber una forma para que el 8 de marzo deje de tener sentido. Solo en ese momento tendremos algo que celebrar.

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