EL DESMONTAJE

MANUEL ALCÁNTARA

Estamos dispuestos, después de tantos forcejeos, a declarar por la fuerza que los separatistas son ilegales. El Gobierno cesará a los altos cargos que no acepten la legalidad, pero hay que contarlos antes. Quizá no sean todos, pero hay más de lo que parece y en principio parecen muchos. Las calles de Barcelona están pintarrajeadas con letreros surrealistas que dicen que el pequeño general ha vuelto, mientras el Govern asegura que no está sobre la mesa medio vacía convocar elecciones en este momento. En lo único que llevan razón es que no hay momentos fáciles, pero hay que ponerles fecha. La destitución del president, Carles Puigdemont, del vicepresident, Oriol Junqueras, y su cohorte de doce consejeros, va a traer cola porque hay mucha gente esperando. ¿Somos el país más dificultoso del mundo o el que los nativos le ponemos más dificultades? Esa es la cuestión, mientras Rajoy, que está haciendo más de lo que puede, sin darse cuenta de que puede muy poco, se prepara para activar el sábado a los separatistas que han abandonado sus máscaras para que sean otros los que se partan la cara.

Escribir sobre la crisis catalana produce un asco superior al aburrimiento. ¿Era esto lo que querían que sucediera en su hermosa patria chica por intentar hacerla más grande? La destitución del president Carles Puigdemont pone en peligro a 150 cargos más o menos altos, pero todos bajos de miras. No han entendido nunca que el separatismo es un callejón con muchas revueltas, pero todas llevan al mismo sitio.

¿Cómo se desmontan los 300 cargos nombrados a dedo sin pillarse la mano? Sus sueldos suman más de 23 millones y medio anuales. Sobran patriotas y faltan contables. La opción de convocar elecciones está sobre la mesa, pero algunos han robado hasta los cubiertos del postre y los llevan en la solapa.

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