El desfile

RICARDO ROMANOS

Debo advertir que, a mí, y desde muy pequeñito, me gustan los desfiles a rabiar. De todo tipo. Los militares también, faltaría más, y por razones que no vienen al caso, aunque una amiga querida diga que esas razones las llevo en vena. También me agradan, cómo no, las cabalgatas, las paradas, las procesiones y todo tipo de espectáculos de calle o plaza sometidos a una concertada y ordenada puesta en escena (espacio, argumento, tiempo, ritmo, logística y economía), a cualesquiera reglas exigidas por las circunstancias, a un ritual gestual y sonoro predeterminado venga de donde viniere, y ya sean laicos, religiosos, civiles o militares, estén al servicio de la solemnidad o al del jolgorio. En fin, todo eso que también es teatro, o parateatro: ante tales escenificaciones me siento cómodo, curioso y partícipe espectador, un ciudadano más. Si uno disfruta de un lugar desde el que se ve (teatron), y además está rodeado por los más queridos de sus seres queridos, por sus buenos amigos, cordiales amigas y hay algo de picar, ya no hay más remedio: hay que ver el desfile. Así que no voy a entrar aquí en consideraciones éticas, menos aún políticas, aunque habría mucho de qué hablar, y mucho menos en cuestiones supuestamente morales o ideológicas sobre belicismos, armamentismos, militarismos y demás filosofías: tengo afectos y amistad con coleccionistas de militaria varia, con anarquistas antibelicistas, con militares y con personas a las que el solo hecho de ver un arma les desagrada profundamente. Qué le vamos a hacer, cada palo que aguante su vela, a mí, ya digo, me va la marcha. Y así me fue, porque no me perdí «la más alta ocasión que vieron los logroñeses siglos». He visto muchos desfiles en mi vida, me crié entre ellos, participé en algunos cuando me tocó vestir el caqui, como la inmensa mayoría de los españoles de mi edad, y he disfrutado contemplando infinidad de espectáculos ciudadanos, pero fue fantástico para mí el poder ser testigo el pasado sábado, y por una vez en la vida, del desfile del Día de las Fuerzas Armadas celebrado en Logroño el pasado sábado, un espectáculo sensacional. La eficacia, rapidez y discreción de nuestras FF AA y de seguridad montando y desmontando el complejo dispositivo urbano ha sido ejemplar y las lógicas molestias soportadas por la ciudadanía han merecido con creces la pena. Hasta el tiempo, este clima loco que nos tiene fritos, acompañó. Pues si bien la mañana comenzó regando copiosamente, dejó de hacerlo faltando poco para el comienzo de la parada y entreabrirle los visillos al sol. Y se agradeció mucho el milagrito. A los que seguimos los acontecimientos tanto desde el mirador como desde la televisión (impecable la realización de RTVE) no dejó de sorprendernos, o mosquearnos, la adusta figura, y no sólo por lo marcial, que proyectaba Felipe VI. Quizá los augures y otros intérpretes tertulianos de signos ocultos en el vuelo de los pájaros pretendan abrirnos las mentes. Aunque no nos parezca del todo raro, dados los vergonzantes sucesos acaecidos durante la pasada semana, que trataremos de explicarnos la próxima. Quedémonos con el recuerdo de un día feliz y extraordinario. Quizá dentro de algunos años algún abuelo saque de algún extraño artefacto las ya viejas imágenes del desfile y les cuente a sus nietos: Yo estuve allí, y todos nos sentimos un poco orgullosos, aunque los tiempos eran difíciles. Pero aquel mismo día, el Real Madrid ganó la Champions y un poco más tarde dimitió aquel presidente del Gobierno tragado por la corrupción, coño, pero si ya no me acuerdo cómo se llamaba...

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