DESERTORES

MANUEL ALCÁNTARA

Cuando al 'Cuaderno gris' de Josep Plá no se le habían vuelto blancas todas sus páginas, un viejo le advirtió lealmente: «Joven, no vaya a cometer el mismo error en el que cayeron nuestro señor Jesucristo y los liberales de San Feliú de Guisol; creer que el hombre es redimible». El escepticismo es deplorable, pero creer que todos los problemas tienen solución es una candidez hereditaria, que entretiene, pero no mantiene, como ese presunto portazo de Susana Díaz a la plurinacionalidad de Sánchez. Los modelos territoriales se han hecho nacionales, cada uno con sus variantes, y se habla de modelos federales cooperativos. La España una, grande y libre, que nunca fue verdad, ahora tampoco se la cree nadie, mientras Puigdemont culmina una purga contra sus consejeros críticos. El referéndum catalán va a ser inevitable, porque muchos catalanes no quieren evitarlo. Los que hemos nacido algo más lejos de este país de distancias íntimas, vemos con asombro que se quiera convertir la catedral de Barcelona en un economato. El chupinazo pamplonica se ha convertido en un estruendo total mientras Theresa May le ha dicho a nuestro Rey, con los mejores modales británicos, que todo es negociable, menos Gibraltar. «Cosas son estas para distraer la espera», que dijo Teresa de Jesús, que se moría porque no se moría cuando la encontraron sus discípulas bordando un cañamazo. Lo verdaderamente importante es que las pensiones medias únicamente suban 32 euros al año durante el próximo lustro. Millones de españoles van a ser más pobres. Únicamente se salvarán los que ya se han acostumbrado a serlo, pero es mentira que los presos le tomen cariño a las rejas de la cárcel. La primera aspiración de todo preso es fugarse, o sea, desertar de sus captores, se llamen como se llamen. Aunque varíen de nombre.

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