EL DESCALABRO

MANUEL ALCÁNTARA

El derribo se ha anticipado al acoso, mientras el PP no tiene donde caerse vivo y el pacto de los Presupuestos trae locos a los más sensatos. La mentira no hace libre a nadie, pero sirve para dilatar la espera. La dimisión de Cifuentes como presidenta de la Comunidad de Madrid era obligatoria, pero se ha recurrido a motivos grotescos, como la difusión de un vídeo de hace siete años en el que aparece retenida por el hurto de dos botes de crema en un supermercado, cuando era la número dos del Parlamento autonómico. Como chiste puede tener su gracia. Ella habla de su «error involuntario» para distinguirlo de los que cometió de pleno acuerdo con su voluntad. No hay enemigos peores que los que militan en el mismo partido y quieren partirlo en más trozos. Cristina Cifuentes se ha convertido en la mala de una película donde no hay buenos, porque todos son peores.

Nada más sospechoso que los currículos de los políticos que se inventan un pasado, que es siempre irreparable, y lo maquillan a su gusto, que no es el nuestro, pero a veces da gusto verlos. El que no ha engañado a nadie es Rajoy, que se limita a llamar a engaño a los que no lo han oído. Nuestro jefe de Gobierno, legítimamente elegido, sabe que resistir no es vencer, sino perder más tarde y con el menor daño posible. La brillante idea de mantener en el poder a Cifuentes o en sus cercanías ha perdido brillo, pero aún reluce mientras crece el descalabro y menguan las vendas. El fuego amigo tiene siempre una magnífica puntería y Cristóbal Montoro se lleva cada día peor con la Guardia Civil y con los abogados del Estado. ¿Hace falta que todo vaya a peor o es preferible que el descalabro se detenga antes? Nuestro impasible presidente es una versión de don Tancredo. España no es una, ni es grande, pero sigue siendo libre para escoger su camino.

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