La deriva de Nicolás Maduro

La gestión del presidente venezolano es tan provocadora que está poniendo al país al borde de una guerra civil

Si Hugo Chávez resucitara no es seguro que avalara la gestión política de su sucesor y viejo compañero de partido, Nicolás Maduro. Él perdió por décimas un referéndum constitucional en diciembre de 2007 y asumió el resultado. Ahora la gestión del presidente venezolano es tan provocadora y absurda que está poniendo a Venezuela al borde de una guerra civil y es útil anotar que ha obrado el prodigio de hacer razonable y respetada la posición de Donald Trump al respecto. La Casa Blanca se unió a la condena del extravagante y peligroso proyecto en que se han embarcado los ultras del chavismo venezolano para eternizarse en el poder mediante maniobras espurias, movimientos pseudolegales y un principio de recurso a la violencia física. No es una exageración pensar en un choque final sangriento, sobre todo si el ala dura del régimen, la que representa muy bien Diosdado Cabello, el numero dos del Partido Socialista Unido de Venezuela, se compromete finalmente con el desdichado proyecto de reescribir los fundamentos del régimen dotándolo de una Constitución nueva y hecha a la medida del ala populista, irrealista, y también minoritaria, del sistema. Aunque el gobierno lo niegue, su iniciativa ha sido un fracaso: por la participación, muy escasa (aunque groseramente aumentada por la propaganda oficial) y por el saldo de una decena de muertos en incidentes varios, en su mayoría provocados por unidades policiales de obediencia chavista. El régimen, y eso traduce condición poco democrática, no ha sabido digerir su derrota en las legislativas de diciembre de 2015. Perder la mayoría parlamentaria es un hecho central en un sistema representativo, pero para Maduro el público que le desautorizó es una banda de reaccionarios que merecen desdén y represión. Así, y con una participación inusualmente baja y del todo insuficiente, se crea una Asamblea Constituyente, un recambio artificial que expresa la ominosa cercanía entre un público adicto y desinformado y los clásicos e inspirados líderes. El proceso navega con dificultad y el domingo alcanzó una tensión máxima mientras el país demanda diálogo, sentido común y un sano patriotismo. Como el que adornó en su día al presidente Rafael Caldera, quien en 1994 amnistió a Hugo Chávez condenado por su frustrado golpe contra el presidente C. A. Pérez. Maduro no está a la altura de la situación, que empeora cada día, su conducta acusa ribetes dictatoriales y estimula la división y la violencia, lo último que se espera de un presidente.

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