A la derecha, por favor

«La izquierda de la ola rosada perdió su tren en América Latina. La corrupción, el fracaso económico y el talante autoritario mostró su verdadero rostro»

La 'ola rosada' sobrevive en la sala de cuidados intensivos. Mantenida con respiración artificial. Para quienes lo hayan olvidado, a comienzos del siglo XXI, muchos académicos estadounidenses comenzaron a denominar como ola rosada la expansión y renacimiento de ciertas izquierdas latinoamericanas que, a la manera del chavismo en 1999, llegaban al poder no por vía de las armas. Ni con un discurso marxista radical. Sino por el camino electoral. Jugando aparentemente a respetar la democracia.

Fue como un globo de helio. Color rojo edulcorado. Se elevó frenéticamente sin ataduras a tierra, colmó de expectativas de redención social a la región y le dio un ultimo auxilio -boca a boca- al dinosaurio de la revolución cubana. Pero ahora el globo lleva un largo rato desinflándose. En las últimas contiendas presidenciales los electores de muchos países de la región latinoamericana le indican al conductor de la sala electoral, como si de un taxista se tratara: «A la derecha, por favor».

Es lo que acaba de ocurrir con el triunfo en las presidenciales chilenas de Sebastián Piñera. Electo por segunda vez como presidente de la república. Piñera ganó de modo tan contundente que su oponente, el izquierdista Alejandro Guillier, con entereza, lo declaró públicamente como «un triunfo implacable y macizo».

América Latina está virando a la derecha. Poco a poco. Aquellas fotos con los rostros tan felices como soberbios de los jerarcas del nuevo club político continental, constituido en torno a la propuesta del «Socialismo del siglo XXI», han comenzado a despedir un penetrante y precoz olor a naftalina.

De aquellos entusiastas retratos en grupo -Hugo Chávez en el centro, rodeado por la sonrisa sambodroma de Lula, el perfil irredento Morales, el histrionismo Correa, la gestualidad fashion Cristina y la mirada torva Ortega, bajo la bendición feliz de abuelito Castro- ya sólo van quedando cenizas y desencanto.

Chávez y Castro se fueron. El más joven, primero. El noventón, después. A Correa lo ha ido sacando de juego su seguidor Moreno, quien le acusa de no haber hecho bajo su gobierno revolución alguna y le cierra todos los caminos para su retorno al poder. La Kirchner salió de La Casa Rosada empujada por Mauricio Macri, ficha de la derecha argentina. Lula le dio el testigo a Rousseff y esta se lo dejó arrebatar por Michel Temer, derecha brasileña. Morales pierde en el 2016 el referendo preparatorio para su cuarta reelección. Y, por si fuera poco, en Honduras la Corte Suprema acaba de ratificar el sospechoso triunfo de Juan Hernández. Otro derechista más.

Con el triunfo de Piñera la izquierda pierde un presidente más en América Latina. Es verdad que la de Bachelet era una izquierda democrática respetuosa de la Constitución. Pero se privaba de enfrentar abiertamente los desafueros de Maduro, Morales u Ortega. Todo lo contrario de lo que, obviamente, hará Piñera apenas pise el Palacio de la Moneda.

También es cierto que el Frente Amplio no ha sido, como el chavismo, un enemigo abierto de la economía de mercado. Pero mientras Piñera en campaña prometía disminuir los impuestos para incentivar a los empresarios a generar más empleos, Alejandro Guillier, el candidato de la izquierda, amenazaba, como un Maduro cualquiera, con «meter mano en los bolsillos de quienes concentren el ingreso, para que ayuden a hacer patria alguna vez».

Mirada desde la salud de la democracia, Chile es un ejemplo de las bondades de la alternancia y la convivencia pacífica. Desde la noche cuando Pinochet se vio obligado a reconocer su derrota en el plebiscito de 1988 y abrir paso de nuevo a la democracia, todos los resultados de las elecciones realizadas posteriormente han sido aceptados respetuosamente por el candidato perdedor.

Además, en esta era pos Pinochet no han existido en Chile presidentes que quieran eternizarse en el poder. Como Chávez que aspiraba a gobernar hasta el 2025. U Ortega que al terminar el actual período alcanzará los veintiséis años gobernando Nicaragua. Más tiempo que la saga de los dictadores Anastasio Somoza García y Anastasio Somoza Debayle.

La izquierda de la ola rosada perdió su tren. La corrupción, el fracaso económico y el talante autoritario mostró su verdadero rostro. Antes generaban entusiasmo, ahora tragedias humanitarias. Y nuevas imágenes.

Un cartel de Pablo Escobar representa mejor al PSUV que la famosa foto del Che realizada por Korda. Lula en el presente remite más a un ejecutivo de Oderbercht que a aquel obrero metalúrgico, sencillo e impoluto, que alguna vez se propuso, sin lograrlo, acabar con la pobreza en Brasil.

La noche del domingo 17, en las redes sociales del país sureño se hizo trending topic la frase: «Chile se salvó de convertirse en Chilezuela». Los tiempos cambian. Cierta izquierda aún más. La poética ola rosada terminó en tsunami maloliente y marrón.

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