Daliniana

BERNARDO SÁNCHEZ

Existen dos tipos de personas: a las que les pasan cosas de otros y a las que les pasan cosas propias. Quiero decir, personas a las que les pasan cosas que le pueden pasar a cualquiera, y personas a las que sólo les pueden pasar cosas emanadas de ellas mismas, exudadas por ellas mismas, inspiradas en ellas mismas, cosas intransferibles. El común de los mortales pertenecemos al primer grupo -lo que no quita para que a veces nos pase cada cosa que... en fin- y sólo unos pocos individuos, fuera del común, se parecen a las cosas que les pasan; cosas que no les pasarían si fueran otros. Estos del segundo grupo son los putos genios, la gente original de verdad. La genialidad -como las preocupaciones, el estrés y los disgustos- se acaba somatizando, y al final puede acabar convirtiendo al sujeto que la posee si no en su propia obra maestra, sí, al menos, en una buena pieza de catálogo, o en una autoparodia autorizada, como las biografías autorizadas. Además de producir otros efectos secundarios, o 'fenómenos delirantes secundarios', como los llamaría Dalí: el tipo genial suele acabar hablando de sí mismo en tercera persona o accediendo a formas de inmortalidad, tal que, por ejemplo, una alta cotización en el mercado. Claro que todo esto no se encuentra, como sabemos, al alcance de cualquiera; ni siquiera al alcance de cualquier genio. Pero de Dalí, sí. Dalí reunió -reúne aún- todas estas cualidades antes descritas que se le suponen a la singularidad extrema, al ejemplar único. A Dalí le pasaban -y le pasan- cosas que sólo le podían pasar a Dalí. A nosotros, en cambio, no nos pueden pasar cosas que le pasaron a Dalí: levantarle la novia a Paul Éluard, diseñar el logo de los Chupa-Chups, interpretarle los sueños a Alfred Hitchcock, que te entreviste en la televisión Joaquín Soler Serrano o disfrutar de un casoplón en Cadaqués, tuneado por el mismísimo Salvador Dalí. Podríamos esforzarnos, vale, en ser , pero nunca seríamos más que Dalí. Ni más ricos. Dalí, antes que ser ninguna otra cosa, se empeñó en ser el primer . Y que eso no pudiera serlo ni cobrarlo nadie más que él. Dalí es, de hecho, como se ha aireado esta semana, un producto prototípico de su propio método, el conocido como 'paranoico-crítico', aquella forma de adivinar el «guión secreto» (sic) que asocia las cosas por debajo de la superficie o detrás de la tela o después de la muerte; algo que, como recordarán, se le ocurrió un día contemplando el de Millet; un especie de 'sexto sentido', ya saben: «a veces veo un niño muerto bajo un terrón, entre su padre y su madre, que le rezan...». Un método que, si lo piensas, es, por lo demás, de uso corriente; pues siempre hay un gato encerrado, un falso monedero o un doble cajón. O triple. O múltiple. Dalí pintó y moldeó -para demostrarlo- hermosas torres de cajoneras abiertas, abalconadas en cuerpos humanos; cuerpos que se descajonaban, literalmente. Pues ahora, una mujer ha asociado a Dalí -que lleva casi treinta años enterrado en un panteón por supuesto con su madre, y de resultas con su ADN. Esta mujer se declara, en definitiva, hija suya, hija natural a la vez que . Y, una vez abierta la causa y la fosa, podrían llegarse a exhumar los restos de los restos mortales de Dalí. A saber lo que queda en la caja negra del genio: ¿unos pigmentos oleaginosos?, ¿cenizas del pincel de su bigote cornúpeto?, ¿unos dólares incorruptos? Se verá, de prosperar la cosa, si la asociación que se eleva a juicio estaba orientada. Si la interpretación interpuesta estaba fundamentada. Y se sabrá si existía o no un guión secreto. Si había o no tema. Es decir: se verá si el dichoso método funciona. Al cuadro de Millet ya le hicieron una radiografía los del laboratorio del Louvre en 1963, a petición -en aquella ocasión- del propio Dalí, que solicitó su 'exhumación', digamos, porque como crítico-paranoico tenía la intuición de que allí en el fondo de lienzo había algo extraño, escamoteado; algo que explicaba la liturgia contrita de la pareja agricultora. Dalí intuía que la escena del cuadro ocultaba, en realidad, un caso de paternidad y maternidad malogrados. En la placa resultante -que no en vano parecía una ecografía- se apreciaba un objeto no identificado; concretamente una «masa de forma geométrica que puede asimilarse fácilmente a una especie de paralelepípedo» -cito por el libro ; o sea, de Dalí-. El genio sostuvo que era el hijo en su ataúd. Se reproduce en este libro lo que exclamó Gala «Si el resultado constituyera una prueba sería maravilloso», pero si todo «no fuera más que una construcción del espíritu, ¡entonces sería sublime!». O un milagro, en este caso, del 'gran masturbador'.

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