Cultura precaria

Hay por ahí buscándose la vida un buen número de talentos que resisten heroicamente

JOSÉ MARÍA ROMERA

Varios amigos que hasta ahora podían vivir dignamente de sus oficios me cuentan que están pasando apuros, que la vida se les ha puesto cuesta arriba porque el trabajo escasea y cuando lo tienen se les paga tarde y mal. Son escritores, fotógrafos, actores de teatro, instrumentistas, diseñadores gráficos, ese tipo de profesionales a los que se les suele agrupar en el epígrafe de «mundo de la cultura». Es verdad que la artística siempre ha sido una colectividad con propensión mendicante y lacrimógena, y también que la crisis se cebó en ella con especial saña debido a una razón que entienden hasta los economistas: cuando la gente vive con aprietos no recorta gastos en lo necesario sino en lo superfluo. O sea, antes de comer peor o privarse del fútbol y de las cervezas se tiende a comprar menos libros y a ver las películas en casa. Pero a esta precariedad causada por agentes externos se le agregó otra miseria de orden tribal. Se ha consolidado una forma de explotación entre iguales en la que son los propios profesionales de la cultura quienes se aprovechan del trabajo de otros profesionales. El galerista baja las tarifas de sus representados, regatea el pago al escritor de sus catálogos y obliga al impresor a hacérselos a precio de coste. El director de escena reparte entre actores y técnicos una mísera parte de la subvención que se queda para su bolsillo. Alguien firma un corto financiado por el sistema de 'crowdfunding', pero las ganancias solo van a parar a unos pocos privilegiados de entre cuantos intervienen en él. Una atmósfera de picaresca se ha adueñado de ambientes culturales antes prósperos, o al menos honrados, donde la escasez de recursos ha venido acompañada de la degradación de los empleos y, peor aún, de las relaciones. Nos quejamos del auge entre los jóvenes de una cultura de la gratuidad que lleva a piratear películas y apropiarse de textos ajenos sin pagar un céntimo, pero pocas veces pensamos en que los primeros en devaluar la actividad cultural, artística e intelectual empiezan a ser los mismos que exigen ser bien retribuidos por ejercerla.

De poco sirve haber puesto un pequeño parche en el entuerto del IVA cultural si luego la incomprensión intergremial viene a endurecer, dificultar y encarecer la práctica de la cultura con otros tributos no escritos que la hacen imposible. Hay por ahí buscándose la vida un buen número de talentos que resisten heroicamente, un nuevo proletariado de artistas de bajo coste para quienes la vocación cultural vuelve a ser colorín, pingajo y hambre, como decía Max Estrella sobre las letras de hace un siglo. No cuentan con el amparo oficial ni tampoco con el reconocimiento de una sociedad que confunde la cultura con el espectáculo. Pero su mayor desgracia es haber caído en ese bucle insolidario de explotaciones donde quien les da la espalda ya no es la masa, sino el resto de agentes culturales. Lo pagaremos caro.

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