Culpas asimétricas

Ante determinados sucesos ser mujer sigue restando. Ninguna sentencia podrá salvar este abismo de prejuicios

JOSÉ MARÍA ROMERA

Hay que agradecer al tribunal que decidiera celebrar el juicio a puerta cerrada. Si pese a esa prudencial restricción estamos oyendo estos días ciertos comentarios, qué no habrían padecido nuestros oídos de haberse abierto la sala a las cámaras y las grabaciones. Muchos se lanzan a enjuiciar la conducta de los actores en escena sin darse cuenta de que con sus opiniones se retratan a sí mismos y, a la vez, ofrecen el retrato amargo de una sociedad secuestrada por sus prejuicios. Es aquí donde una vez más hay que agradecer la cara aburrida de la Justicia. Pero nuestra frustrada vocación de cronistas de sucesos nos impide poner freno al ansia de juzgar sin conocimiento de causa. Y la más dañada por esa manía es una de las partes, no precisamente la que más números juega en la lotería de la culpa.

Ante determinados sucesos ser mujer sigue restando. Es significativo que uno de los agresores de la joven en los Sanfermines -esa alegre cuadrilla que se había puesto a sí misma el elocuente nombre de 'la Manada'- contratara a unos detectives para rastrear los pasos de su víctima en los días siguientes. Que el juez haya tomado el informe en consideración no anticipa nada: las defensas habrían podido usar tal rechazo como un ardid en favor de los acusados. Es la mera decisión de encargar esta clase de pesquisas lo que resulta preocupante en la medida en que busca cobijo en una mentalidad hostil a la mujer: la que da por sentado su deber de justificar sus actos antes, durante y después de la agresión padecida. Y no solo a dar cuenta de sus actos; también de los signos externos indicativos de su modo de ser y de su estado de ánimo.

Desviar el punto de mira moral hacia la víctima es una vieja perversión que sonará a quienes conserven el recuerdo de la atmósfera que rodeaba a los crímenes terroristas. Algo habrán hecho, se decía de los asesinados. A nadie se le escapa que en el 'algo' cabían toda clase de cargos: incluso los que abrieran una mínima rendija al relato de la provocación, es decir, al desplazamiento de las culpas o en el menor de los casos a un reparto equitativo de estas. No es normal que un mismo vídeo haya sido presentado como prueba tanto por la defensa como por la acusación. El hecho de que ambas partes crean verse favorecidas por lo registrado en grabación introduce en el caso un elemento paradójico, un absurdo y violento desafío a la lógica solo comprensible desde la asimetría que aún pesa sobre la mujer agredida y pone al agresor en situación de ventaja.

Un desequilibrio que a veces lleva, dicho sea de paso, a la condena automática del hombre, por efecto compensatorio. Ninguna sentencia, por justa que sea, conseguirá salvar este abismo de prejuicios. Confiemos en que al menos consiga llegar a un relato fiel de lo sucedido. Porque aspirar a que además corrija las mentalidades ya sería mucho pedir.

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