CUARENTA AÑOS DESPUÉS

MARCELINO IZQUIERDO EL CRISOL

Es viernes, 1 de julio de 1977. Hace un calor bochornoso cuando, sobre el mediodía, accedo a las instalaciones del diario La Rioja (Nueva Rioja entonces). Estoy nervioso. Mis manos están bañadas de un desagradable sudor frío. Me acerco a una de las ventanillas de la oficina y pregunto por la Redacción. «Escaleras arriba», me contestan. Como un autómata, subo unos cuantos peldaños, empujo una puerta de madera y cristal traslúcido y observo a los que van a ser compañeros de mis primeras prácticas . Enseguida se acerca Roberto Iglesias, tendiéndome la mano con sonrisa bonachona. Uno a uno, voy conociendo a los que ya son periodistas de alcurnia: Esperanza Martínez Zaporta, Jorge Blaschke, Montse Ramírez... y también a dos becarios como yo, pero con galones de cabo primero ganados el año anterior: Casimiro Somalo y Luis Sáez. Casi a la carrera, aparece el director, Paco Martín Losa, quien, antes de refugiarse en su despacho, señala la mesa que me corresponde. Al menos una docena de máquinas de escribir, entre ellas varios modelos antiguos de un negro sobrecogedor, están repartidas, y a pleno rendimiento, por los diferentes departamentos (local, región, deportes...). Me aturde el ruido de las teclas. Como primera misión, me envían a la playa del Ebro, junto al fotógrafo Pablo Herce, para ver cómo va la limpieza de las piscinas. De regreso al periódico, comienzo a bosquejar el artículo, bolígrafo en mano, sobre un folio amarillento, hasta que Roberto se acerca por detrás. «Nada de borrador, directamente en el teclado». «Pero...», balbuceo. «En dos días te acostumbras, Marcelino».

Y, como el dinosaurio de Monterroso, todavía sigo aquí 40 años después.

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