NOS CREÍAMOS

CAUTIVO Y DESARMADO PABLO ÁLVAREZ

Nos creíamos que eran más listos. Los catalanes en general, y los independentistas en particular. Creíamos que lo tenían todo claro, todo planeado, todo listo. Que habían dibujado una línea que iba de la A a la Z, pasando por todos los puntos intermedios. Y que sabrían qué hacer cuando terminara el alfabeto.

Nos creíamos que eran más listos, que es una forma más cómoda de decir que los demás somos más tontos. Dicen que los catalanes han sido durante años adoctrinados en su singularidad, en su diferencia. Que es una forma más asequible de decir «en su superioridad». Pero también es cierto que durante décadas el resto de los españoles hemos recibido como derivada que, en realidad, éramos de algún modo inferiores a los industriosos, a los cosmopolitas, a los europeos catalanes.

Nos creíamos que eran mejores, y ellos también se lo creían. Tanto, que al final perdieron pie con la realidad. Pensaron que la sola conciencia de su diferencia (sí, de nuevo, de su superioridad) iba a hacer que la nueva república de la tierra prometida cayera por sí sola. Quién iba, en fin, a ponerse de parte de esos españoles rancios, secos, malhumorados, vagos. Europa es catalana, decían.

Lo que nos creíamos, lo que se creían, les ha llevado hasta aquí. A ese insulto permanente al común de los españoles y a cualquier tipo de inteligencia que es llamar «franquista» a nuestro Estado, el que nos hemos dado, el que hemos construido en estos 40 años. Ahora, descubierta la chapuza que se escondía, es el momento de volver a empezar. Y de construir una España sin superiores, sin diferencias, sin cupos. Un país diverso sin mejores ni peores. Ni creencias.

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