CR7

PÍO GARCÍA LOCO POR INCORDIAR

Me hubiera gustado ser futbolista; pero futbolista de verdad, de los que dan pases milimétricos, meten goles de chilena y juegan finales de Champions. Aquel deseo infantil engrosó pronto la lista de propósitos que se van esfumando, convertidos en ceniza del tiempo: también hubiera querido dirigir una película, escribir una novela, ser embajador en algún país extraño (¿Laos? ¿Angola?), convertirme en mendigo/ermitaño, recorrer Europa con un camión de veinticuatro ruedas, hablar con fluidez seis o siete idiomas, ser corresponsal de guerra en países remotos e inhóspitos... Todo esto, mal que bien, quizá lo hubiese podido conseguir si no llega a ser por mi proverbial pereza. Pero jamás, por más entrenamientos que hubiera engarzado, habría jugado en Primera División (ni en Segunda B): mis cromosomas, dotados de un extraño sentido del humor, decidieron convertirme en un entusiasta y desgarbado balancín sin coordinación ni puntería. A los niños se les dice con demasiada frecuencia esa tontería de que «si quieres, puedes»; uno empieza de verdad a madurar cuando se da cuenta de que casi nunca se puede aunque se quiera y de que debe jugar esta extraña partida con unas cartas más bien cutres. Y tampoco pasa nada.

Por eso me da mucha pena Cristiano. Y lo digo sin ironía: he ahí un pobre muchacho al que la fortuna le concedió un don fabuloso que supo explotar, pero del que no sabe disfrutar, íntimamente devorado porque siempre hay alguien un poquito mejor, alguien que cobra un milloncejo más, alguien que mete el gol que él no pudo marcar, alguien que a veces se llama Messi y a veces Bale, pero que en realidad vive dentro de él y lo asfixia y lo tortura y lo angustia y lo humilla y lo destruye.

Yo no quisiera ser CR7.

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