El costurero de Franco

El costurero de Franco

PIEDAD VALVERDE

Mis hijas no saben coser y yo me alegro. Quizá sea una barbaridad presumir de algo así pero asocio la costura con la educación que nos dieron a las niñas en el régimen franquista. Yo aprendí con desgana y lo único que me gustaba relacionado con ese tema era un libro de cuentos de mi madre llamado Mi costurero, de Josefina Bolinaga; recuerdo especialmente la portada en la que aparecían chicas de varias edades aplicadas en tareas de aguja y dedal. El ejemplar no lo conservo, tan sólo unas hojas sueltas del prólogo en el que la autora anima a coser y a cantar. Mi madre y mi abuela dedicaban mucho tiempo a coser y a bordar y si insistieron tanto en que yo aprendiera era porque pensaban que me sería muy útil en la vida. En los veranos de mi infancia las niñas no podíamos estar mano sobre mano, porque si te acostumbrabas a levantarte tarde o a jugar más de la cuenta no te convertirías en una mujer de provecho. No sé si mi madre, con lo inteligente que era, creía de verdad en estos riesgos tan peligrosos del ocio pero no deseaba que yo fuera diferente, ni que me marginaran por mi afición a leer y a escribir así que me apuntó a corte y confección y a bordar igual que a mis vecinas. En verano tocaba bordar, la profesora se llamaba Juli y decían que no se había podido casar porque tenía el corazón más grande que la caja y no resistiría las emociones que suponía el matrimonio. Yo tendría unos diez años y no comprendía la sonrisa pícara de las mujeres cuando se referían a su soltería. Era una tortura estar cada mañana de verano bordando, pero al final no resultó tan mal. Precisamente en Navidad me he encontrado a una compañera de aquellos días y se acordaba de que mientras todas las niñas bordaban yo no paraba de contar historias. Como hacía calor las clases tenían lugar en el patio de la casa, que era grande y con geranios. Las muchachas nos sentábamos en sillas pequeñas con los bastidores en ristre y la profesora iba pasando de una en una revisando el trabajo y a veces mandando desbaratar, sobre todo a mí. Todas bordábamos sábanas, lo que se llamaba el ajuar, con el mismo dibujo, que eran unas campanitas con ramos y hojas de hilos de colores. Yo no las estrené en mi noche de boda. Se las regalé a mi madre y el lienzo no sería de gran calidad porque me suena que al final terminaron como trapos del polvo, como una metáfora del tiempo perdido en aquella tarea.

Pero me voy por las ramas como las de aquellas campanitas, lo que les quería contar es que en aquel patio me pasó algo muy importante. Como se me daba tan mal lo de la aguja empecé a relatar las historias de Mi costurero. Recuerdo especialmente el de una niña a la que su abuela regalaba un dedal de marfil y otra niña envidiosa y bizca se lo robaba y lo tiraba al mar. Así que poco a poco todas las amigas se iban acercando con su sillita a oír aquellos relatos. Ni que decir tiene que descubrí que como bordadora no tenía futuro pero que me producía un gran placer contar cuentos. Enseguida se me acabaron los relatos de Josefina Bolinaga y como no estaba dispuesta a renunciar a mi actuación estelar no tuve otro remedio que echar mano de mi imaginación. Además de las compañeras, el hermano de la profesora también se acercaba a escucharme y se sonreía. Era algo mayor que yo y me hacía mucha ilusión verle aparecer y que se quedara allí de pie . Resulta que una de aquellas vecinas me acusó de que los cuentos eran inventados, porque su madre tenía el mismo libro y no había ninguno de unas gemelas ni de un gato que encuentra una aguja en un pajar. Llevaba razón y yo no sabía cómo defenderme pero mi cara se iluminó cuando el hermano de Juli dijo:

- Si se lo saca de la cabeza tiene mucho más mérito.

Aquella intervención me animó a crear libremente sin someterme a costuras de ningún tipo. Y por lo que a mí respecta ese fue el fin de una época en que las niñas teníamos que bordar y coser mientras nuestros hermanos jugaban en la calle sin peligro para su personalidad. El siguiente verano abrieron en el pueblo una piscina y algunas niñas ya no fuimos a bordar. Desde entonces estoy escribiendo historias y sigue siendo un placer como en aquel patio de mi infancia.

Y me viene todo esto a la memoria porque acaba de morir la hija de Franco, en algunos medios la nombran como la madre de Carmen Martínez Bordiu. He visto fotos de sus vidas y en ninguna aparecen bordando ni haciendo punto. Se ve que lo que la Sección Femenina consideraba bueno para las niñas pobres no era bueno para ellas. En las imágenes se les ve jugando al tenis, en fiestas o en las piscinas de sus palacios. No sé si es porque no aprendieron a bordar, como yo, que ni la madre ni la hija han salido personas de provecho porque ninguna tiene oficio ni beneficio, incluso la nieta fue portada en una revista reconociendo que no había trabajado en su vida.

Lo cierto es que Carmen Franco se ha ido de este mundo dejando una fortuna de 600 millones de euros que su familia amasó aprovechando su posición y que yo considero vergonzoso que una vez enterrado el dictador el Estado no le haya confiscado. Pero dicho sea de paso, y siguiendo con el símil costurero, quizá sea porque en la Transmisión se hicieron muchos remiendos y se dieron muchas puntadas sin hilo.

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