CORNELLÁ

LUIS JAVIER RUIZ - DAÑOS COLATERALES

Gerard Piqué siempre ha sido un tipo, digamos, diferente. Uno de esos jugadores con los que no caben medias tintas: o le adoras (aquí quizá cabría cierta graduación) o le incluyes en la lista de personas non gratas. Si a eso le sumamos que nació con un don especial para levantar enormes polvaredas allá por donde va, logramos la cuadratura del círculo. Vamos, que es especialista en hacer un pan como unas hostias, en echar más leña al fuego y acumular enemigos desde Cornellá hasta Punta Umbría.

También es verdad que la perenne doble moral juega en su contra, que existe una norma no escrita que añade un agravante a todo lo que hace, dice o publica en redes sociales. Que si el pollo que manda callar a un estadio se llama Raúl González, viste de blanco y juega en el Real Madrid, es digno de elogio, de chanza y de aplauso. Pero si lo hace el central del Barça alguno incluso pide una suspensión de por vida. Algo así como ese chiste malo en el que un padre le pregunta a un amigo por la ejecución de violín de su hijo y este le responde que quizá ejecutarle sea demasiado pero que un par de hostias ya le daba.

Probablemente, Piqué se merezca muchas de las críticas (incluso alguno de los pitidos) que recibe, pero también es verdad que la prensa deportiva en no pocas ocasiones echa más leña al fuego que los propios futbolistas. Unas veces es la de Madrid; otras, la de Barcelona. Siempre los pseudoprogramas 'deportivos' de la madrugada televisiva.

Pónganse por un momento en la piel de Piqué. Si durante 90 minutos su mujer se convierte en prostituta (en su momento una pancarta rezó 'Shakira es de todos') o 50.000 personas desean la muerte de sus hijos, ¿cómo reaccionarían? Quizá Piqué no sea el mejor ejemplo a seguir, pero como todos tiene su límite. Tampoco le vamos a ejecutar.

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