Un corazón destrozado

FERNANDO SÁEZ ALDANA

El desprecio absoluto al principio jurídico básico de la presunción de inocencia, demostrado a diario en España por las opiniones pública y publicada, por algunos medios de comunicación y por los grupos políticos cuando el acusado no es de los suyos, es una de las evidencias de que nuestra democracia es de pésima calidad. En cuanto se inicia una investigación policial o judicial a un personaje conocido y mayormente poderoso por presunta conducta delictiva se pone en marcha un implacable proceso paralelo de linchamiento social que sólo se detendrá con su condena firme o, como en los casos de Barberá y Blesa, con su muerte. Miren, de estas dos personas puede asegurarse (1) que nunca fueron condenadas en firme por cometer algún delito, luego (2) han muerto inocentes, pero (3) su muerte ha sido la consecuencia, más directa y trágica en el exbanquero que en la exalcaldesa, de esa inclemente lapidación moral a la que eran sometidos desde las tribunas de opinión, las redes fecales, las portavocías de los partidos y las aceras de su calle cada vez que se atrevían a violar su «arresto social domiciliario», convirtiendo su vida en un calvario insoportable. Por tanto ambos acusados de corrupción pero no condenados y por tanto verdaderamente inocentes porque no se pudo demostrar lo contrario, podrían considerarse víctimas de un asesinato social indigno de una nación que presume de estado de derecho, culminando una cacería extralegal tan despiadada que sólo se detiene con la muerte de los perseguidos. Y ni así a veces. Recuérdese la mezquina espantada podemita del minuto de silencio en el Congreso tras la muerte de Rita Barberá. Qué esperar de quienes tampoco rindieron homenaje a la memoria del pobre Miguel Ángel Blanco.

Como todas las virtudes, la honradez posee un valor cualitativo. No se es poco o bastante horado: se es o no. Me gustaría saber cuántos increpadores e insultadores, no de condenados por corruptos sino de sospechosos de serlo, saldrían impolutos de una investigación económica, ética o fiscal de su vida. Y qué decir de los presuntos amigos que huyen de los poderosos caídos en desgracia como de apestados. Tu amigo de verdad, como tus padres, no te abandonará nunca, hagas lo que hagas. Ni siquiera los seguidores de Jesucristo (entre ellos el primer papa) pudieron soportar la ignominia del «escándalo de la cruz» y lo dejaron allí plantado. Sólo su madre y su discípulo más amado permanecieron al pie del patíbulo. Claro que aquella muerte fue de mentiras y solo duró unas horas. Estos, en cambio, no levantarán cabeza nunca. De hecho, Miguel Blesa ya estaba muerto antes de pegarse un escopetazo en ese mediastino donde hasta los mayores granujas tienen su corazoncito. Pero en un mundo sin afecto, de qué le servía.

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