Coraje, ambición, criterio... y postdata

Aprendí a leer a los cuatro años y creo que no fue precisamente en un periódico. A partir de ahí ya cayó todo. Cuentos, libros de aventuras, novelas, cualquier cosa en una enciclopedia y, cuando no había más, hasta vidas de santos, tan pegadas a las casas de hace medio siglo cuando las estanterías, hoy repletas, guardaban huecos. En esa niñez y adolescencia huérfana, a veces, de papel, hasta los envoltorios de los chicles servían para conocer los ingredientes. Leer. No importaba qué. Saciar la curiosidad. Aprender. Entender.

Y en ese universo temprano ahí estaban las páginas del periódico con el retrato diario de todo lo que ocurría en el mundo. Despertarse y saber quién hacía qué. Dónde y cómo y por qué y para qué. En mi tierra, en la de otros, en la de los mundos lejanos y ajenos. Pasaban cosas y alguien nos las contaba. Con precisión, con detalles y, muchos, con mimo literario.

Pisé una redacción como becaria a los 20 años y ahí sigo enganchada. Ahora, decidiendo qué contar y cómo. Por qué y para qué. Y también para quiénes: miles de lectores navarros que se hilvanan a diario a los periodistas que bailamos cada día sobre el mundo y su caos para dárselo luego contrastado, ordenado, jerarquizado, analizado, contextualizado y con claves para que afronten su día.

En Diario de Navarra, periódico de proximidad al igual que los hermanos de Vocento, aprendí las raíces de esta profesión. Las de ayer, las de hoy y las de mañana. Que un periodista es una persona que mira, ve y cuenta lo que tiene alrededor. Y que lo hace desde la libertad y la honradez, sin dejarse coaccionar por nada y por nadie. Que ejerce este oficio con independencia, valentía y hasta rebeldía, si hace al caso. Pegados a la calle y a sus inquietudes. Y con fortaleza, porque antes ya navegamos en tiempos convulsos. Entonces, con asesinatos y bombas. Ahora, con peligrosos populismos y aldeanos nacionalismos. En ninguno de los dos tiempos se ha consentido aquí el periodismo débil. Reivindico ese legado de futuro. El del coraje, la ambición informativa y el criterio.

A los que llevamos más tiempo nos toca configurar redacciones exigentes en lo profesional y sin ataduras con nadie que no sea el lector. Enseñarles a poner en página la voz ciudadana. Alentarles para que sean inconformistas con la mediocridad, controladores con el poder y revolucionarios frente a los abusos. Apoyarles para que entiendan que, hoy y mañana, el desapego de quienes mandan es la piedra angular de este oficio, pese a que, junto a sus nóminas, recojan la soledad que sufre quien solo se alía con el intento de buscar la verdad. Y, por supuesto, a quienes trabajamos en prensa regional, a descubrir los retos de futuro de nuestras comunidades.

Enseñar lo que vale. A liderar la conversación a través de nuestra marca. A saber decir no a quien no respeta. No a quien pretende favores interesados. No a los silencios cómplices. No al sectarismo ideológico. No a la falta de visión y de ambición para este país. Y no, también, a la crítica sin fundamento.

En un mundo en el que las redes sociales acercan, pero también aíslan; en el que los intereses están enmascarados bajo el falso manto de la 'conversación social'; donde una porción cada vez mayor de ciudadanos no sabe quién le cuenta qué, el periodismo sólido es imprescindible. El hecho por profesionales. El esencial. El que separa la verdad de la mentira. El que permite descubrir lo que hay detrás de lo obvio, que muchas veces es de todo menos obvio. Tenemos mucho que aprender. De los nuevos hábitos de una sociedad en vértigo. De sus nuevos lenguajes y formatos de consumo heterogéneos. Y en eso estamos. Pero no nos volvamos locos. La esencia de nuestro trabajo sigue siendo exactamente la misma que ha hecho que nuestros periódicos sean la referencia informativa de nuestras comunidades durante décadas. Y el que no lo entienda, el que pierda su esencia en momentos de transformación como los del presente, será el que de verdad no tenga futuro por más que hoy deslumbre con los gadgets tecnológicos o la espuma de lo intrascendente.

Que nadie tenga asegurado hoy el modelo de negocio del futuro es un drama al que nos enfrentamos colectivamente. Pero existe una razón para la esperanza: la función social que existe detrás de este oficio es imprescindible.

Postdata. No todo ha sido perfecto en estos años. La mutación de hábitos de los lectores, la competencia nefastamente gratuita en el mundo digital, la imagen que muchos nuevos ciudadanos tienen de la prensa como un poder establecido o alguna debilidad a la hora de amurallar la independencia son factores que han agrietado nuestro oficio. Pero la respuesta no está en cambiar de hábitos. Está en volver a la esencia de este trabajo. Con coraje, con ambición informativa y con criterio.

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