Conversaciones

RICARDO ROMANOS

Se ha abierto el cielo. Entra el sol en el mirador que da gusto. Mediodía. Fumamos. A nuestros años ya, de algo nos tenemos que morir. ¿Vasito de agua, señores, para entonar? Sí, gracias, estás en todo. Frescura de sorbos, caladas, un silencio. ¿Habéis leído en La Rioja la entrevista al barista? ¿Barista? Sí, barista, como suena. Ah, pues no. ¿Y no sabéis?... Pues tampoco. Sí, una entrevista a un joven e ilusionado emprendedor de la nueva hostelería logroñesa. Que no, te digo. Ya. Un, ¿cómo?... ¿barista? Sí: ba-ris-ta; hasta existe ya una asociación: Baristas & Barman's, creo haber leído. Ajá, mira tú que requetebién... Y están más que dispuestos a que se les reconozca su novísima categoría profesional, para ello luchan. Murmullos de aprobación. No hay como la juventud rompedora de los viejos tabúes. ¡Enmohecidos tabúes tabernarios, añadiría yo! Naturalmente. Por supuesto. Ya era hora. Sí, de un aire fresco. Creativo. Innovador, ese estar al día. Sí, esa excitación de la adrenalina ante la nueva y azarosa problemática. ¡Claro! Ese empoderamiento, supongo... Sí, eso, como tú digas, Cicerón... Suspiramos, parece que tiemblan los cristales; un silencio desvaído, quizá malévolo. ¿Y qué es exactamente un barista? Hombre, exactamente, exactamente... pero la misma palabra quiere decirlo: señores, uno que tiene un bar. Pero no un bar-bar. No, no, no. Ah, ya decía yo. Uno que tiene un bar... más tirando a gastrobar. ¡Ajá! Así como más de diseño también, quieres decir, clientela fina. Sí, para entendernos, pero tampoco, de otra manera; imaginaos que entráis, que llegáis a la barra y en la barra no hay un camarero. ¿No? ¿Camarera acaso? Ca, hay un simpático y eficaz barista o una barista simpática y eficaz; ¿qué va a tomar el caballero?: oye, como en Madrid, con atención, con educación; pues mire usted, de ahí por favor póngame algo, sí, de eso tan sugerentemente decorado; y en un plato como esta mesa, sobre una cama de fresco musgo y bajo un bonsái, incita a que le hinques los piños un precioso huevito de perdiz del que emana una artística espumilla de color no necesariamente preciso; pues eso, quizá por ahí, me atengo a la foto. Hostia, tío, qué maravilla. Sí, y un Tondonia Magnum del 2001, por favor. O sea, con enoteca y todo. De ahí para arriba. Pues esto hay que empezarlo por la RAE. No es mala idea, señores. Sí, convencer al Reverte y al Marías para que se integren en el proyecto, vengan, se documenten y estudien bien la entrada para el DEL, antes DRAE: barista; y aquí una definición que llame, clarita, muy explicativa, que tenga su aquel, su cosita, su bonsái. Ahí los quiero ver. A quién, ¿a los baristas? No, al Marías y al Reverte. ¡Cómo se van a poner...! Y ante todo, claridad, matiz, porque un barista no es precisamente un camarero, no, conviene diferenciar, sí, matizarlo pudorosamente; un barista es pero no es un camarero, un camarero es otra cosa y ya no quedan camareros de aquellos de 50 años y chaquetilla blanca, nos recordaba el joven emprendedor hostelero en su entrevista. No, ya no quedan, a nosotros nos lo van a decir: ni de 20 ni de 30 ni de 40 y de ahí para arriba... Otro silencio. ¿Se ríen los ventaneros cristales? Casi, pero es un aire, una melancolía temblona. Alguien musita una letanía de nombres, parece un rosario: Arturo, Cala, José Mari, Vitorino, Ricardo, Manolo, Sebastián, Jesús, amén Jesús. No, ya no hay, penita, pena. ¿Otro traguito de agua, señores? Pues sí, para hacer más boca. Y van apareciendo en la conversación el áureo y macizo retrete, obra intitulada «América» y que el Museo Guggenheim ha ofrecido a la Casa Blanca para que míster Trump deponga en él sus refinadas heces, a cambio de un imposible Van Gogh solicitado por Melania para decorar su buffet; la novela negra, de poderes ocultos, benedictinos catalanes y frailes despachados, o despechados, que a don Umberto Eco le hubiera gustado escribir en el Monasterio de Valvanera, para cuándo unos venenos como Dios manda; el peluco y la patriótica banderita que ha lucido en su gürteliano juicio el otro míster, el Costa, mientras cantaba O sole mio; la carita, dura, del molieresco Camps, ese Harpagón valenciano tan gentilhombre y, no podían faltar, Pompoff y Teddy maravillosamente encarnados por don Mariano y don Puigdemont. Estamos mayores, ¿eh? Y por el aire del mirador se desvanecen los humeantes dibujos de la adormidera. El sol calienta, entornemos las persianas, habrá que comer. Otro silencio.

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